Jesús y el 4º hombre
Virgen María, Madre mía, pon tú lo que a mí me falte
Jesucristo y el 4º hombre
Jesucristo y el 4º hombre
De los cuatro Evangelios he escogido el 4º para que me sirviera de base en esta reflexión que dejo como si fuera la “quinta esencia” de la Fe con la que trato de exponer que mi Dios es Jesucristo, mi Único Dios. Pretendo enriquecerme, a mí mismo y también a los demás, con este trabajo que dejo escrito, y al dejarlo escrito ambiciono dar a conocer al Hombre que contemplo como la Divinidad a la que adoro en amor, un Hombre como yo, menos en el pecado. Un conocimiento que llegue a toda mujer y todo hombre predestinado a conquistar, por este conocer, el Corazón de Cristo para su eterna felicidad. De los Cuatro Evangelistas, Juan es el 4º hombre, de los Doce hombres escogidos por Jesucristo, Juan es el 4º hombre y en el transcurso de esta lectura, comprobarás, amiga mía, amigo mío que hay otro 4º hombre que no te será difícil descubrir si me acompañas hasta el final de esta reflexión.1ª PARTE
Jn 1,9 Existía la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo.
La Fe, de forma habitual, es transmitida por los padres, pero es un don celestial que nos viene dado a cada mujer y cada hombre cuando Dios lo dispone y en la medida que Dios lo dispone. Entiendo que la Fe es una Virtud Teologal que se manifiesta en el hombre a la misma vez que comienza a ejercer su razón, es decir cuando percibe la libertad de su voluntad y distingue el acto malo del acto bueno.
Jn 1,5 y la luz, en las tinieblas, brilla, y las tinieblas no la acogieron.
En un momento determinado de la vida, por lo que hace referencia a la conciencia que se tiene de Dios, no es justificable decir: “Carezco de Fe”. No es lo mismo decir: “No tengo Fe” que decir: “No quiero tener Fe”.
Jn 3,19 Este es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y amaron los hombres más las tinieblas que la luz, porque eran malas sus obras.
Ante Dios no me exime de responsabilidad al actuar perversamente por el hecho de manifestar que no tengo Fe. Me engaño a mi mismo y pretendo engañar a Dios. Dios y yo sabemos que tengo Fe, otra cosa es que yo obre o no obre en consecuencia con esta Fe. Esta Fe es un acto libre y el hombre puede decidir tristemente perderla, y por tanto dejar de tenerla, abandonarla, anularla: esto es la apostasía. Dios no puede imponerme la Fe, no puede imponerme la felicidad... es fuerte pero es así.
Jn 3,20 Porque todo el que obra el mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, para que no sean puestas en descubierto sus obras;
Si acomodo la voluntad a la Fe, que se me ha concedido, y no reniego de ella, a poco que razone sobre las palabras del Verbo, descubriré la verdadera, bendita y maravillosa vida que se me promete en el Evangelio.
Jn 1,12 Mas a cuantos le recibieron, a los que creen en su nombre, les dió potestad de ser hijos de Dios;
¿Se entienden estas palabras, amiga mía, amigo mío? ¿Cómo las entiendo yo?...pues… las entiendo tal y como el que las escribió quiso que las entendiera. ¿Y qué me dicen?...me dicen que todo aquel que recibe a Jesucristo, que lo reconoce como el Hijo de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, hecho Hombre, como yo soy hombre, menos en el pecado, que reconoce que el Verbo existía antes de la creación del mundo, que el mundo fue hecho por El y que por todos y cada uno de los hombres posibles se encarnó y murió en una Cruz y resucitó al tercer día, que en definitiva cree en su palabra, la que está escrita en el Evangelio, viene a ser hijo de Dios.
Y esto de “hijo de Dios” ¿qué significa? …..pues… esto significa lo que literalmente se entiende. No dice el Evangelio: “…les dio potestad de ser hijos adoptivos de Dios”. El que escribió este versículo lo escribió a conciencia de lo que quería decir: “….hijos de Dios” y para que no hubiera duda, para que sus palabras no dieran lugar a diferentes interpretaciones, redactó el siguiente versículo con un texto tan contundente como felizmente glorioso para el que quiera entender que su persona es precisamente la destinataria de tan sublime condición, hijo de Dios, solo por el hecho de haber creído en el Autor de su vida, en su Redentor, en la humanidad y divinidad de Aquel en la que nos movemos y existimos, Jesucristo, el Único Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no creado, de la misma Naturaleza que el Padre, que nos ha ganado, para los que creemos en El, hombres creados, la condición de hijos, por la gracia, de su mismo Padre.
Jn 1,13 los cuales no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios nacieron.
Claro que si, yo he nacido biológicamente de una madre que vistió mi alma con su sangre, con su carne y con sus huesos, soy para el mundo la consecuencia del fértil acto conyugal entre un hombre y una mujer, pero cuando, por virtud de su Fe, mis padres, me bautizaron en la Iglesia Católica, dieron cumplimiento al pleno significado del versículo anterior. Me hicieron nacer a otra vida mucho más trascendental que la vida humana que ellos habían generado, una vida real y verdadera que lleva en sí semilla de eternidad. En el Bautismo, en este acto de Fe y por este acto de Fe se me da la potestad de ser hijo de Dios, no como consecuencia de la sangre, de la carne o voluntad humana, sino como consecuencia de la Voluntad de mi Padre Dios, que me ha querido hijo de sus entrañas y me ha hecho nacer de Sí mismo. Y si mi Padre Dios, que solo es Espíritu, me hace nacer de Sí mismo, entiendo que me ha dotado de su propia naturaleza y aunque parezca fuerte expresarlo, entiendo que, en definitiva, lo que mi Padre Dios ha consumado, en mi Bautismo, es la divinización de mi ser.
La conciencia de esta filiación divina puesta en práctica en el curso de mi vivir de cada día entre los hombres supone, cuando padezco, entender, plenamente, las palabras de Cristo en Getsemaní: “Abba, Padre, todas las cosas te son posibles; Padre mío, si es posible, si quieres, pase de mí este cáliz; mas no se haga como Yo quiero, sino como quieres Tú, no se haga mi voluntad sino la Tuya.” Y esto es la palpable demostración de todo lo que se ha redactado en el párrafo anterior. Como Jesucristo, al invocar a mi Padre, lo hago con sus mismas palabras porque estoy reclamando la atención de la misma Persona, es decir del mismo Padre, un Padre que ni toco, ni oigo, ni veo, como en su naturaleza humana le pasaba a Cristo y sin embargo, como a mi Señor le pasaba, no hay otra Persona más cercana, ni concibo otro poder más grande que el de mi Padre para suplicarle la ayuda que necesito, para soportar la cruz que Él mismo ha querido para mí. En definitiva, a la hora de la verdad de cada hombre, nadie busca la intercesión de un padre o una madre por muy buenos que estos sean. A la hora de la verdad, el hombre, en su más sagrada soledad, requiere al Omnipotente Ser de quien sabe depende su existir, un Ser que lo entiende porque es algo Suyo, algo de sus entrañas divinas, un Padre que ha escuchado el mismo “Abba, Padre mío” que escuchó de su Hijo Jesucristo, un “Padre mío” con el que el hombre se abandona a la Voluntad de quien lo creó, lo redimió, lo hizo participe de su naturaleza divina, lo hizo hijo de sus entrañas, tan solo porque creyó en la Persona y en la palabra de Jesucristo y de su Iglesia. Mi Señor Jesucristo es el Único Hijo engendrado y no creado que nos concede la gracia de ser hijos, creados, de su Padre y nuestro Padre, de su Dios y nuestro Dios porque en El hemos creído.
Jn 3,14 Y como Moisés puso en alto la serpiente en el desierto, así es necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre,
El tributo pagado a la Justicia divina para que lo expuesto anteriormente sea una realidad incuestionable en ti y en mí, querida amiga, querido amigo, es desproporcionadamente infinito. Yo no puedo merecer tan alto precio y sin embargo, a diferencia de Nicodemo, cuando escuchó estas palabras, soy consciente, a dos mil años vista, del significado del versículo anterior.
Jn 3,15 para que todo el que crea en él alcance la vida eterna.
La filiación divina, a tan alto costo lograda por Jesucristo para mí, lleva implícita la eternidad. Por la Fe nací de un Dios eterno que de Sí mismo me dio vida eterna.
Jn 3,16 Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la vida eterna.
La última y divina razón que justifica esta divina locura, se muestra a mi consideración por lo que se expresa en el versículo anterior. En un presente eterno, mi Padre Dios me amó hasta el extremo y no pudo hacer otra cosa más grande por mí que entregar a la muerte y una muerte de Cruz a su Hijo Unigénito, Jesucristo, a fin de poder transmitirme su propia naturaleza, porque me amó como al hijo de sus entrañas, al hijo que en definitiva lo había predestinado para llevar en si la impronta de su Ser, de su Faz. El Padre se manifiesta a cada hombre, justamente en el rostro de otro hombre. En cada ser humano se dibujan las facciones del rostro de nuestro Padre Dios y no es posible amar al Padre Dios a quien no se ve si no amamos a sus hijas e hijos a quien si vemos. Por mi Fe en el Hijo de Dios, Jesucristo, soy el feliz destinatario de una filiación divina a ejercer en bienaventuranza y eternamente en el seno de mi Padre Dios.
Jn 5,24 En verdad, en verdad os digo, el que escucha mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no incurre en sentencia de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
Con los destellos de luz que irradian las palabras de Cristo, mi Fe se va iluminando en “crescendo”. El Evangelio cumple su cometido y al escuchar las palabras de Cristo descubro, meridianamente, la realidad del Padre que en amor me demanda la Fe en su Persona. De cara al cumplimiento de mis días en esta tierra, con la Fe se me ha dado la eternidad ya experimentada en este existir terreno y al llegarme a mi juicio particular ya llevo la eternidad encima para pasar a otro estado de bienaventuranza que es una promesa cumplida.
Jn 5,29 y saldrán los que hubieren obrado el bien, para resurrección de vida; los que hubieren obrado el mal, para resurrección de condenación.
Por la Fe, pasé de la muerte a la vida. Por el contrario, si mis actos no son consecuentes con esta Fe, porque así lo he querido, habré pasado de la vida a la muerte y al consumar mis días en este mundo, me llegaré con las obras que me dieron muerte en vida, a una condena que también fue una promesa ahora cumplida para siempre en desesperanza, a no ser que la misericordia de Dios me atraiga a Él y vuelva a la vida desde la muerte, antes de que mis días se acaben en este mundo.
Jn 6,40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y le resucite Yo en el último día.
Ya no tengo duda sobre la Persona de mi Padre Dios, ni de su Voluntad, un Padre que no veo pero que sin embargo se me ha dado a conocer con la Fe en su Hijo, Jesucristo, de suerte que al ver a este Hijo del hombre y creer en Él he adquirido el derecho de no conocer la muerte en mi alma, de tener vida eterna y la seguridad de que mi cuerpo será resucitado en el último día, un último día que ya está fijado en el tiempo y que solo conoce mi Padre Dios, un último día que coincidirá con el final de este mundo. Y ¿qué tiempo queda?...pues… comparado con la eternidad solo queda el tiempo que se tarda en decir: “Padre mío, perdóname”.
Jn 6,47 En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna.
Con la Fe, la vida eterna ya es una realidad sobrenatural en mi pequeño existir en este mundo. Vivo ejerciendo una existencia que transciende a este universo con fecha de caducidad, este mundo no es el mío, estoy destinado al felicísimo abrazo de un Padre eterno que me está esperando para reinar en El y con El en un Reino maravilloso, que para mí fue creado antes de que todo viniera a ser, un Reino de eternidad.
Jn 6,48 Yo soy el pan de la vida.
Querida amiga, querido amigo, a la altura de esta reflexión, nuestra Fe se va a poner a prueba. Hemos llegado, en el Evangelio de San Juan, al versículo anterior en el que Jesucristo se define a Sí mismo como el Pan de la vida. ¿Qué nos quiere decir?
Jn 6,50 éste es el pan que baja del cielo, para que quien comiere de él no muera.
Pues esto que estás leyendo en este versículo. El Hombre que estoy viendo con mis ojos y oyendo con mis oídos dice ser Pan que ha bajado del cielo con la facultad de hacer inmortal a todo aquel que lo coma.
Jn 6,51 Yo soy en pan viviente, el que del cielo ha bajado;
Antes de que mi razón comience a deliberar sobre la afirmación anterior vuelvo a oír, de seguido, que este Pan no es un pan inerte, sino que tiene vida en Sí mismo, es un Pan vivo que del cielo ha bajado. ¿Se entiende?
Jn 6,52 quien comiere de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Sin darme tiempo a contestarme a mí mismo, como si fogonazos de luz me deslumbraran, oigo de nuevo en boca de Jesucristo la garantía de eternidad que supone comer este Pan viviente, pero lo que finalmente me anonada es escuchar algo que efectivamente va a examinar la Fe con la que hasta aquí he llegado. Díceme Cristo ser un Pan viviente que baja del cielo, que se puede comer, que quien lo coma no conocerá la muerte, pero también me dice que este pan viviente no es ni más ni menos que su propia carne, esa carne física que veo con estos ojos y palpo con estas manos.
Jn 6,55 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día.
Otra vez, sin reponerme de lo anterior, vuelvo a escuchar la garantía de eternidad que supone gustar esta Carne y esta Sangre. La única Carne que veo es la de un Hombre que además me está invitando a beber su Sangre. Ahora, si concentro mi atención en cuatro hombres, que intervienen en esta reflexión, quizás pueda entender un poquito más este misterio de Fe.
El primer Hombre es el que habla, es Cristo, y ¿en qué está pensando mientras afirma y reafirma estas inauditas palabras? ...pues… conoce ya su cercana muerte, sabe de qué forma va a morir y cuando y por qué y por quien va a morir, y una vez sacrificado, con muerte de Cruz, podrá darse a comer a todo aquel que le quiera comer y beber. También conoce de qué forma se le podrá comer y beber, no será de la forma que piensan sus oyentes, sino que en virtud de su Voluntad y Misericordia divina consumará su milagro más transcendental para la vida del hombre y para su Iglesia, hará posible, porque para Dios todo es posible, que todo El, Dios y Hombre, sea el pan y el vino que en sus benditas manos consagrará en la última cena, en esa cercana noche anterior a la próxima Pascua judía en la que comenzará su Pasión. Será una realidad sagrada en las benditas manos que le prestarán todos y cada uno de los sacerdotes posibles hasta el final del tiempo, que con sus mismas palabras consumarán el misterioso milagro de la Transubstanciación, del Amor de Dios que se hace Carne y Sangre de Cristo en la forma que un ser humano lo puede gustar, en un trocito de pan y en un poquito de vino.
El segundo hombre es uno de entre la muchedumbre que le escucha y no le entiende, no le ama. Este hombre, que ha sido testigo, entre otros, del gran milagro de la multiplicación de los panes y peces, no le atribuye a Cristo su procedencia del cielo y además eso de “comer su carne y beber su sangre” le parece una irracionalidad que no se corresponde con una mente equilibrada. Hasta ahora, ha visto en Jesús las cualidades de un gran Profeta, pero en definitiva, solo aprecia un hombre, que sí, que hace milagros, pero sin admitir la más mínima posibilidad de divinidad en este Hombre, este no es su Dios. Este hombre abandona definitivamente a Jesucristo, va “tocado” pero se marcha al lugar de donde vino con una mundana y descorazonadora idea de Cristo.
El tercer hombre es Pedro, que tampoco ha comprendido nada, ¿cómo se va a comer y beber la Carne y la Sangre de su Maestro? Observa con inmensa tristeza, que el gentío, que pretendía hacer Rey a su Señor, le abandona, hasta sus discípulos le abandonan, solo quedaron los Doce y cuando Jesús se vuelve a ellos y les pregunta si también quieren marcharse, será Pedro quien tome la palabra diciendo: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios. Esta es la Fe que por amor prevalece sobre la razón.
Querida amiga, querido amigo, ahora quien se presenta a tu consideración es el cuarto hombre y… este soy yo. ¿Qué puedo decir? …pues… puedo decir que, a dos mil años pasados, conociendo la despedida de Jesús en su última Cena, su patética muerte y la instauración de su Iglesia, de su Reino, en este mundo, que celebra el Sacrificio del Calvario, desde donde sale el sol hasta el ocaso, asumo el significado de las inauditas palabras de este Hombre y complemento las de Pedro con una Fe que en aquella hora él no tenía y que sin embargo a mí me asiste para que en este 4º hombre, que tantas veces ha comido y bebido la Carne y la Sangre de su Señor, tengan plenitud de sentido los versículos siguientes:
Jn 6,57-58 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y Yo en él. Como es fuente de vida el Padre, que me envió, y Yo vivo del Padre, así quien me come a mí, también él vivirá de mí.
Puedo afirmar como Pablo: “ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí”.
Jn 6,59 Este es el pan que bajó del cielo: no como le comieron vuestros padres, y murieron; el que come este pan vivirá eternamente.
¿Qué quiere decir tener vida eterna y resucitar en el último día? Si ya dispongo de la vida eterna ¿cómo puedo resucitar sin primero haber muerto? Tengo vida eterna desde que creí en Jesucristo, desde mi Bautismo y esto es así porque con esta misma Fe me reconozco persona formada por alma y cuerpo y mi alma es inmortal destinada a la vida eterna si creo. Al paso de los años, la decrepitud de mi cuerpo me evidencia su terrenal destino, “polvo eres y en polvo te has de convertir”, sin embargo mi Señor Jesucristo me asegura que si creo en Él, por haber comido su Carne y bebido su Sangre, este cuerpo resucitará en el último día, un mañana muy cercano en comparación con la eternidad.
Jn 6,64 El Espíritu es el que vivifica; la carne de nada aprovecha. Las palabras que Yo os he hablado son Espíritu y son vida.
Las palabras de Cristo son permanentes más allá del tiempo y están dichas para todos los hombres, los de ayer, los de hoy y los de mañana, son Espíritu y Vida para quien las escucha y las acepta. La Iglesia Católica es la única depositaria de estas palabras y de este Espíritu con el que le da vida eterna a todos sus hijos que en su seno viven y mueren.
Jn 6,66 Y decía: Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí, si no le fuere concedido por mi Padre.
Nadie se llega a Cristo si no viene de la mano del Padre, de este Padre Dios cuya Misericordia se manifiesta en el don de la Fe con la que sus hijos, elegidos del mundo, le reconocen en el Evangelio de su Hijo Jesucristo, su eterno e infinito Verbo, hecho Carne en la carne de una Mujer de nuestra raza, cuyo nombre, María, regala el alma de aquellos que lo pronunciamos reconociéndola y amándola, también, como Madre nuestra.
Amiga lectora, amigo lector, anteriormente he hecho mención de cuatro hombres. Uno de ellos es el último destino de los otros tres, es el que justifica este tiempo de reflexión sobre su Persona y su palabra. Los otros tres en un determinado tiempo de nuestra existencia nos hemos preguntado: ¿Quién es este Hombre?
Jn 8,16 Y aun cuando yo juzgue, mi juicio es conforme a verdad; porque no soy solo, sino Yo y el Padre, que me envió.
Este Hombre manifiesta que El, es El y otra Persona, su Padre. Dice que El no es solo sino que en su Yo Hijo hay otro Yo Padre, que le ha enviado a este mundo. Pero este Yo de la Persona del Hijo no se confunde con el Yo de la Persona del Padre aunque los dos tengan la misma substancia. Una es la Persona del Padre, otra la Persona del Hijo y otra la del Espíritu Santo.
Jn 8,23 Y les decía: Vosotros sois de aquí abajo, Yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, Yo no soy de este mundo.
A los fariseos de su tiempo, a sus enemigos y a todos los hombres de todos los tiempos, les asegurará, El que no es de este mundo, que su lugar de origen es el cielo, que viene de allá arriba.
Jn 8,42 Díjoles Jesús: Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque Yo de Dios salí y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que Él me envió.
Si amo a Dios y en mi espíritu lo percibo como Padre, tengo necesariamente que amar al que de El salió y vino a este mundo enviado precisamente por este Padre que lo es a su vez de este Hijo, de este Hombre que me está demandando el amor y el alma a lo divino.
Jn 8,51 En verdad, en verdad os digo, si uno guardare mi palabra no verá la muerte eternamente.
¿Hasta cuando me tendrá que repetir su promesa de inmortalidad el que es Dueño de la muerte y de la vida? ¿Cuándo comenzaré a creer, de verdad, en la palabra y en la Persona de Jesucristo?
Jn 8,52 Dijéronle los judíos: Ahora si hemos conocido que tienes demonio. Abrahán murió, y también los profetas; ¡y Tú dices: Si uno guardare mi palabra, no gustará la muerte jamás!
Juan, el Evangelista, que tanto amaba a Jesús, pone en conocimiento del futuro creyente que los enemigos de su Maestro eran los judíos. Nosotros, ahora sabemos, que no a todos los judíos se les puede atribuir esta ánima aversión que se deduce de la lectura de su relato evangélico, él mismo era judío, la Roca, Pedro, donde se fundamentaría la Iglesia Católica, era judío, todos los Apóstoles eran judíos, la Madre de Jesús era judía … en definitiva … el Hijo de Dios, Jesucristo, era judío. Como el Mesías lo confirmó a la Samaritana, la Salud viene de los judíos que en ese tiempo eran los únicos que adoraban al verdadero Dios. Hoy sabemos, por el mismo Cristo, que la Salud ya no viene de los judíos sino de su Iglesia que adora al Padre en espíritu y verdad. Este Mesías, que ya hace dos mil años que vino al mundo, todavía no es reconocido por los judíos de hoy, un pueblo de dura cerviz, capaz de padecer lo que jamás podíamos imaginar y a su vez capaz de negar, hasta que acaben los siglos, al Dios que le escogió como pueblo Suyo, pueblo escogido desde que le prometiera a Abrahán ser padre de una descendencia incontable, desde que hablara a Moisés en la zarza que ardía sin consumirse.
Aquellos judíos, aunque fuera desde una razón que odiaba, decían verdad, Abrahán había muerto, los profetas también habían muerto, esto era una verdad incuestionable. Si Cristo asegura que el que guarde su palabra no gustará la muerte jamás, ¿de qué muerte hablan los judíos?, ¿de qué vida habla Jesús? La muerte que mencionan los judíos es la misma que el mundo de hoy conoce. Para el que no quiere creer, con la muerte todo se acaba. Para el que cree la muerte es un paso, un requisito necesario para desarrollar en eternidad la vida inmortal que ya se tiene antes de fallecer.
Jn 8,53 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abrahán que murió? Y los profetas también murieron. ¿Quién presumes ser?
Los judíos, se reconocen hijos de Abrahán, pero ya muerto, es decir, no les es posible comprender que su padre en la fe esté vivo, ni mucho menos los profetas. Cuando Jesús está asegurando la inmortalidad de aquel que cree en Él lo tachan de endemoniado porque además está dejando entrever que eso de morir no va con Él. Estos judíos, que no tienen un pelo de tontos, no le preguntan al Maestro que razone el porqué de estas asombrosas palabras, sino que le requieren para que se acredite como la Persona que asegura ser.
Jn 8,56 Abrahán, vuestro padre, se regocijó con la esperanza de ver mi día: lo vió y se alegró.
La situación se ha tensado, Cristo está exponiéndose ante unos interlocutores enervados y dispuestos a no respetar ni siquiera su integridad física. Jesús, no baja el nivel de sus palabras y asegura que Abrahán le conocía, es decir, asegura que a pesar del tiempo pasado desde el fallecimiento del padre en la fe de estos judíos, ambos se habían visto.
Jn 8,57 Dijéronle, pues, los judíos: No tienes aún cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?
Al leer este versículo no puedes evitar llevar la vista, de prisa, al siguiente para comprobar, con máxima atención, cómo va a responder el que es la causa de la pregunta que hicimos anteriormente: ¿Quién es este Hombre?
Jn 8,58 Díjoles Jesús: En verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán viniese a ser, Yo soy.
Querida amiga, querido amigo, este versículo es como si el cielo, súbitamente, se hubiera rasgado y una luz penetrara hasta lo más íntimo de mi esencia de hombre, de este cuarto hombre, que en un sensible estremecimiento ha captado estar en la presencia de este Jesús, que me ve y me oye. Tengo conciencia de estar delante de un Hombre que me cautiva, no por su voz, su figura, su simpatía o gracia humana por la que pueda sentir subyugadora atracción, tengo la sagrada sensación de estar ante el Ser Fontal de quien recibo esta vida con la que me muevo y existo precisamente bajo la influencia de su Voluntad Divina que se me oculta bajo la figura de un Hombre de mi raza, de carne y hueso como yo pero que, sin embargo, le capto como el Dios sin principio ni fin por el que todo ha sido creado y todo dejará de ser cuando El lo disponga.
Soy consciente de que estoy escribiendo sobre la Persona de mi Dios, en su presencia, aunque yo no lo vea, ni lo oiga, ni lo toque y con esto quiero decir que mi Fe se ha hecho sagrada evidencia con la que percibo en mi alma un inmarcesible deseo de postrarme en tierra y adorar, en amor, a este Cristo mío, Jesús de mi alma, con las mismas palabras de Tomás: “Señor mío y Dios mío”.
Ahora ya se quien es Cristo y ahora será El quien me va a preguntar:
Jn 9,35 Oyó Jesús que le habían echado afuera, y habiéndose encontrado con él, dijo: ¿Tú crees en el Hijo de Dios?
El Señor hace barro con su saliva, unta con este barro los ojos de un ciego de nacimiento, le manda lavarse en la piscina de Bethesda y el ciego de nacimiento comienza a ver lo que jamás habían visto sus ojos. A ti y a mí, querida amiga, quizás nos ha pasado lo mismo, porque ahora vemos como jamás habíamos visto. ¿Tú crees en el Hijo de Dios?
Jn 9,37 Díjole Jesús: Le has visto, y el que habla contigo, Él es.
Este versículo está escrito para mí. Ahora, mucho más que cuando comencé a leer esta reflexión, puedo afirmar que he visto y he hablado con el Hijo de Dios.
Jn 9,38 El dijo: Creo, Señor. Y le adoró.
Te amo, Cristo mío, en amor te adoro.
2ª PARTE
Amiga mía, amigo mío, aquí podría acabar esta reflexión que hemos construido seleccionando determinados versículos de solo el Evangelio de San Juan, el Águila de Patmos. No estáis obligados a mantener vuestra atención sobre lo que a continuación voy a exponer, porque, a mi juicio, lo que ahora, si quieres vas a leer, todavía más pondrá a prueba tu Fe y la mía. Es cierto que la materia que sigue es fundamento de la hondura metafísica, filosófica y teológica de muchos de los estudios que se han hecho por grandes hijos de la Iglesia católica, estudios que de tanto provecho han sido para generaciones y generaciones. Esto es verdad, pero no es menos verdad que el Evangelio es patrimonio de toda la humanidad y su entendimiento no solo está reservado a las mentes privilegiadas de hombres y mujeres que han gastado su vida, para bien de muchos, en la exégesis de su escritura, sino que también es palabra de vida para todo el que lo lea con buena voluntad, sin condición de género, raza, cultura, tiempo o lugar de donde se es o se habita.
En el hilo metafórico del título de esta reflexión: Jesús y el 4º hombre, interpreto que cuatro son los hombres a los que hago referencia para desarrollar la 2ª parte de la reflexión que nos ocupa. El primer Hombre, sigue siendo Jesucristo, el segundo hombre es el que representa los millones de seres humanos que todavía no conocen al Hijo de Dios y si no conocen a Jesucristo ¿cómo van a conocer al Padre? Si por la Fe en Jesucristo y el Bautismo se adquiere la filiación divina, si el Hijo de Dios es quien verdaderamente da a conocer al Padre, los que no le conocen ni están bautizados ¿son hijos de Dios? Son hijos de Dios aunque no le conozcan en toda su verdad. En la indefinible medida de su conocimiento, cuando su obrar está en línea con la buena voluntad, vienen a tener el mismo Padre que tiene un cristiano pero con una esencial diferencia. Cuando el no cristiano invoca a su Dios lo reconoce como solo el Ser Omnipotente y divino que creó el mundo, que mantiene el mundo, que existe desde antes del que el mundo viniera a ser, que existirá incluso después de que acabe el mundo y que dará la felicidad, según se entienda por felicidad en la cultura de esta religión no cristiana, premiando la bondad y castigando la maldad. El cristiano, sin embargo, cuando invoca a su Dios, lo reconoce Único con una sola naturaleza pero lo entiende en tres Personas diferentes, entiende la Persona del Padre diferenciada de la Persona del Hijo y a su vez entiende estas dos Personas diferenciadas de la Persona del Espíritu Santo. Entiende que el Padre genera eternamente al Hijo y el Amor entre ambos, lo entiende también como Persona que procede del Padre y del Hijo, es decir sabe de la existencia del Espíritu Santo que es precisamente este Amor Personificado. Cuando el cristiano invoca a su Dios, a su único Dios, centrando su Fe en la Persona del Padre, está invocando al mismo Dios que el no cristiano pero con una sobrenatural diferencia, el cristiano se reconoce hijo de Dios y está apelando a su Padre con la plena conciencia de que es su Padre, del cual nació, recibiendo esencia de su esencia, espíritu de su Espíritu, en virtud de la Fe en el Único Hijo Dios, Jesucristo.
El tercer hombre, está representado en aquellos que ejercen su vocación dentro de la Iglesia Católica, sacerdotes, religiosos, teólogos o laicos que ejercen su oficio profesional al servicio del Magisterio de la Iglesia. Son personas preeminentes dentro de la Iglesia que soportan la tarea de salvaguardar la doctrina de Cristo por los siglos de los siglos. Son los hombres de la Iglesia Católica de los que yo he recibido la Fe y la Doctrina Integral de Jesucristo. Este tercer hombre no es, en principio, el destinatario de esta reflexión.
El cuarto hombre sigue siendo el ingeniero que suscribe, un hombre de la calle que se identifica con los miles de miles de hombres del mundo, creyentes, católicos practicantes o no practicantes, que ejercen su ordinario vivir sin saber que sus actos pudieran tener transcendencia divina, para su bien y el bien de sus familias, del bien de otros muchos. Estos son los principales destinatarios de la reflexión que nos ocupa.
Jn 10,17 Por esto me ama mi Padre, porque Yo doy mi vida, para volverla a tomar.
Después de tanto tiempo caminando por este mundo, he conocido a tantos y tantos hombres… A ninguno le he oído expresar las palabras de este versículo. No he oído jamás a persona sensata que puede dar su vida y posteriormente recuperarla. Dar la vida supone morir y que yo sepa nadie ha vuelto del otro sitio que hay después de la muerte, a no ser que sea Jesucristo, que es el único Hombre al que se le puede atribuir la verdad de estas palabras. Además, manifiesta que su Padre, el Dios de los judíos, el Dios de los cristianos, el Dios de todo ser humano posible, le ama por esta causa, porque da su vida, porque muere, voluntariamente, para después resucitar.
Jn 10,18 Nadie me la quita, sino que Yo por mí mismo la doy. Poder tengo para darla y poder tengo para tomarla otra vez. Esta orden recibí de mi Padre.
Sabemos que Jesús fue crucificado por el poder del imperio romano representado en el gobernador Pilatos, una autoridad cobarde, cuyo proceder, inaceptable, es el de un juez al que todavía el cielo le demanda justicia. Jesús fue muerto por el odio satánico de la autoridad religiosa judaica de aquel tiempo. Para estos romanos y estos judíos, el Hijo de Dios clamaba perdón mientras lo crucificaban: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”. Y ahora, yo me pregunto, a dos mil años de este crimen de “Lexa Majestad”, los judíos de hoy ¿saben lo que hacen, con respecto a Jesucristo, el Hijo de Dios que reconoce como tal la Iglesia Católica? ¿Puede algún otro hombre, que no sea el Mesías, decir con propiedad: “Poder tengo para dar mi vida y poder tengo para tomarla otra vez”? ¿Puede algún otro hombre de este mundo decir que le ha sido ordenado por su Padre Dios dar la vida y tomarla después? ¿A quien esperan los judíos?
Jn 10,27 Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y me siguen,
A la voz de Cristo muchos le hemos seguido por generaciones y generaciones. Nos ha conquistado su mansedumbre, su humildad y su Bendito Corazón en el que caben todos los hombres del mundo. El es el Buen Pastor que dará la vida por su grey, nos conoce a todos y cada uno y nos llama por nuestro nombre.
Jn 10,28 y Yo les doy la vida eterna, y no perecerán eternamente, y no las arrebatará nadie de mi mano.
¿En boca de qué otro hombre podemos escuchar algo parecido a: “Yo soy tu Pastor y tú eres una de mis ovejas preferidas, por ti doy la vida y la vuelvo a tomar para que nadie te arrebate de mi mano. Por ser oveja mía no perecerás eternamente y nadie te arrebatará de mi mano”? Echando la mirada hacia atrás, he buscado en la Historia y no he encontrado a nadie a quien le pueda rendir el entendimiento y la voluntad sino es a este Cristo mío, Jesús de mi alma, en cuyas benditas manos he abandonado mi espíritu. He tenido que hacerme niño, para entenderlo como un adulto, con el corazón de un chiquillo.
Jn 10,29 Mi Padre, que me las ha dado, mayor es que todo, y nadie puede arrebatarlas de mano de mi Padre.
Otra vez, Jesús, menciona a su Padre en público, con toda naturalidad, sin ocultarlo. Este Padre, que lo es, a su vez, de cada oveja de su grey, nos ha llevado de su mano al redil que es la Iglesia de su Hijo. A poco que no pongas resistencia a la acción de este Padre y de este Hijo te verás protegido del permanente desafío del mundo, de la carne y del mismo Satanás que busca, como Lobo insaciable, la yugular de las ovejas que se ponen a su alcance.
Jn 10,30 El Padre y Yo somos una misma cosa.
Amiga mía, amigo mío, ¿has leído bien este versículo?, ¿tienes constancia de que se le haya atribuído a algún otro hombre de la historia que hasta ahora conoces?, ¿le darías crédito a cualquier otro hombre que pronunciase esta frase?, ¿entiendes lo que se quiere asegurar con semejante afirmación?, ¿sabes que este Padre es el Dios de los judíos, de los cristianos, de todo creyente monoteísta?, ¿sabes que este Padre es el Dios que te creó? Pues, según la categórica y contundente interpretación racional de la frase, el que la pronuncia, Jesucristo y el Dios Padre al que hace mención, son la misma cosa, es decir, el Hombre que vieron, que tocaron y oyeron los protagonistas del Evangelio que nos ocupa, es el mismo Dios en el que nos movemos y existimos. ¿Lo crees?
Jn 10,37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;
Si lo crees, este versículo no se ha escrito para ti. Si no lo crees, ¿me puedes razonar que son para ti los milagros, que suspenden la naturaleza, estos mismos, hechos portentosos, que has entendido con la lectura del Evangelio, que fueron realizados por Jesús a la vista de muchos? Si pudieras desandar el tiempo, querida amiga, querido amigo, verías, con tus atónitos ojos, las maravillas que se han descrito en el Evangelio, también serías testigo de la patética figura de este Hombre clavado en un palo en forma de Cruz, verías la no menos patética figura de su Madre, es cierto, pero a poquito que esperes, también serías testigo, de lo que jamás se hizo hasta ese tiempo en el que te has ubicado con la imaginación, de un asombroso milagro, consumado por propia iniciativa del que a su vez se entregó a la muerte, la Resurrección de Jesucristo.
Jn 10,38 mas si las hago, ya que a mí no me creáis, creed a las obras, para que sepáis y entendáis que mi Padre está en mí y Yo en mi Padre.
No necesitas que te recuerde los hechos sobrenaturales que has contemplado en el Evangelio. Fueron ejecutados en el tiempo y en el espacio que como tales entendemos los humanos, además fueron de pública constatación de muchos, no se hicieron en privado, recuerda lo que dicen aquellos que los contemplaron: “¡Hoy hemos visto cosas increíbles!”( Lc 5,26) Jesucristo es un Hombre que me está interpelando al entendimiento, a la voluntad, al corazón, y lo está haciendo con unas palabras sorprendentes, como nunca se habían oído: “Jamás hombre habló así, como Este hombre.” (Jn 7,46). Muy bien, yo puedo escuchar a Cristo y no aceptar, en principio, su palabra, pero ante la contundente evidencia de los hechos sobrenaturales con las que están asociadas, la razón se pone a deliberar y se concluye con que, efectivamente, estoy ante una Persona que no es de este mundo. Ahora entrará en juego la voluntad. La razón ha entendido perfectamente, pero ahora falta que yo le de crédito divino al Hombre que me está demandando, con un atractivo inexplicable, la Fe en su Persona y en su Mensaje: ¿Tú crees en el Hijo de Dios? (Jn 9,35). Forzando la voluntad, no queriendo porque no quiero, “No creo en Ti”. Esto, inexplicablemente, se da en un supuesto ciego al que también se le abren los ojos y con ellos abiertos, mirando cara a cara a Aquel que con infinito amor le ha dado la vista, le contesta: “Te veo, me has dado la luz, pero yo no te la he pedido, no quiero agradecerte nada, no te reconozco como Hijo de Dios”. ¡Ojo!, amiga mía, amigo mío, que este es el destino del que este destino quiere, vivir eternamente en eterna desesperanza. Y no son pocos. ¿Me comprendes? Por el contrario, el ciego que ha abierto los ojos, sin pedirlo, como el ciego de nacimiento del Evangelio, y se encuentra con el rostro de Cristo que le demanda la Fe en su Persona, si cree ha salvado su vida: Creo, Señor. Y le adoró.(Jn 9,38)
Jn 11,24 Dícele Marta: Sé que resucitará cuando la resurrección universal el último día.
Sin perder el orden cronológico en el Evangelio de San Juan, en el que se ha fundamentado la reflexión que nos ocupa, ya próximos a la Pasión de Jesucristo, somos testigos de una dramática escena, la muerte y la resurrección de Lázaro en Betania. Recomiendo la lectura del artículo “MORIR Y RESUCITAR DOS VECES”. Lázaro ha muerto y ya hace cuatro días que está enterrado. Tú y yo sabemos que, normalmente, un cadáver enterrado cuatro días ya está putrefacto y si te acercas, lo que verás son gusanos blanquecinos saliendo de los orificios del cadáver y percibirás un hedor insoportable, en breve solo quedan huesos y un poco después solo un pequeño montón de polvo. Jesús conoció, sobrenaturalmente, el fallecimiento de Lázaro, se llegó a Betania pasados cuatro días y Marta le echó en cara que si hubiera estado allí, cuando le mandaron aviso, no hubiera dejado morir a su amigo Lázaro. Cristo le asegura que resucitará su hermano y Marta, como tú y como yo, entiende que sí, que su hermano resucitará, pero al final de los tiempos. Su entendimiento, el tuyo y el mío, no admite la posibilidad de la inminente resurrección de los despojos de un difunto.
Jn 11,25 Díjole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aun cuando se muera, vivirá;
Así, de primeras y antes de ser testigo del portentoso milagro que se va consumar, sin conocer a Jesucristo, la interpretación de estas palabras dichas por un Hombre son más que comprometidas para la razón humana y están en la misma línea de descoloque mental que produjeron otras, también pronunciadas por el mismo Hombre: “…el que come mi carne no conocerá la muerte”.
Jn 11,26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
El que vive y no ha querido creer en Jesucristo, cuando se muera, muerto queda para siempre. El que vive y cree en Jesucristo, cuando se muera no morirá para siempre, la vida eterna que ya tenía, por su Fe en Jesucristo, antes de expirar, subsiste al otro lado del morir, por lo que el morir no es el fin para el cristiano. ¿Se entiende esto? ¿Qué otro hombre ha podido ofrecer semejante promesa? ¿A qué hombre se le puede seguir si, por sí mismo, pronunciara estas palabras? ¿Qué crédito le daríamos? A la altura del Evangelio que llevamos leído, aquí, emplazo a la lectora o al lector que se dice no creyente. Después de ser testigo, finalmente, de la resurrección de un cadáver corrompido, de la resurrección de Lázaro, le pregunto: ¿qué razonamiento me das para que sigas siendo incrédula o incrédulo? Si no me contestas, quizás esto sea bueno porque estés ya dudando sobre la incongruencia de tu actitud ante la doctrina de Cristo. Si me contestas que he despertado tu Fe me habrás pagado, con creces, la fatiga de estas horas, de estos días, consumidos para ti. Si por el contrario, permaneces en tu actitud y te ocultas de esta maravillosa Luz, es que, posiblemente, tus obras no son buenas y no deseas que se conozcan, es que, posiblemente, ya tienes escogido, voluntariamente, tu destino final, un desconocido destino que no concluye en los brazos de tu Padre Dios, de este Padre Dios del que Jesucristo asegura y certifica con sus obras ser su Hijo y además ser una sola cosa en El y con El. ¿Me has comprendido?
Jn 13,3 sabiendo que todas las cosas las entregó el Padre en sus manos y que de Dios salió y a Dios vuelve,
Sin salir del Evangelio de San Juan hemos podido apreciar con qué divina espontaneidad y confianza Jesucristo se presenta como el Único Hijo de un Padre que no es ni más ni menos que el Dios de los judíos, este Dios que habló con Moisés como se habla con un amigo. Los judíos están escuchando, alucinados, con qué desparpajo este Hombre, Jesucristo, hace referencia de este Dios, afirmando, contundentemente, que es su Padre, un Dios que está en Espíritu, en el “Santa Santorum” del Templo de Jerusalén, un Dios al que ellos adoran, el Único Dios, el Dios Creador de todo lo creado, el Dios de Abrahán, el Dios de los Patriarcas, el Dios de los Profetas, el Dios del pueblo de Israel, el Dios del cielo y de la tierra. Nadie, que haya leído y razonado el Evangelio, puede dudar de que su Protagonista, Jesucristo, se presenta con una inequívoca credencial divina afirmando categóricamente que El es el Único Hijo de Dios, que Dios es su Padre. Pues bien, este Jesús de Nazaret que se encamina hacia su Pasión, con pleno conocimiento de que esto es lo que quiere su Padre, ya sabe que va a morir muerte de Cruz, como sabe que todas las cosas las puso su Padre Dios en sus manos, que de su Padre salió y a su Padre vuelve pasando por la ignominia, el supremo abandono y la muerte. Antes de partir quiere reunirse con sus discípulos en la Última Cena. “…como hubiese amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1) Si este versículo, escrito en griego, se pudiera traducir en el sentido literal, comprobaríamos que lo que San Juan escribió se ajusta más a la siguiente frase: “…los amó hasta la locura”.
Jn 14,2 En la casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así os lo hubiere dicho; pues voy a prepararos lugar.
Jesús ha lavado los pies a sus discípulos, Judas, el traidor, es descubierto y abandona el Cenáculo y se dirige hacia su desesperación. El Señor se va y a donde El va no le podrán seguir, por ahora, sus amigos. ¿A dónde va el Maestro? El Maestro vuelve a la casa de su Padre, un sitio donde hay muchas moradas, Jesús va a preparar lugar a los suyos.
Jn 14,3 Y si me fuere y os preparare lugar, otra vez vuelvo y os tomaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis también vosotros.
Ese lugar está fuera de este mundo y para llegar a el, Cristo tendrá que morir, y una vez en ese lugar, durante tres días, preparará el hogar definitivo de sus amigos. Resucitará al tercer día, volverá al encuentro de los suyos y los tomará consigo para que donde El está estén también todos los que le han amado. ¿De qué otra forma se puede interpretar estas palabras de Cristo?
Jn 14,6 Dícele Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Jesús está hablando del cielo, Tomás, los demás Apóstoles y quizás, tú y yo, no se nos ocurre otra observación que decir: Pero… ¿A dónde vas, Maestro?, si no sabemos a dónde te diriges ¿cómo vamos a conocer el itinerario? Yo soy el único Camino que conduce al Padre, no hay otro camino. Yo soy la Verdad, la única Verdad fuente de todo lo verdadero que hay en el mundo. Yo soy la Vida, la única Vida que genera una existencia inmortal para aquel que en mí cree. El Hombre que estoy oyendo, otra vez, me ha puesto a deliberar. Vuelve a hacer mención del Dios eterno, Creador de todo lo creado y me lo presenta como Padre Suyo y Padre mío, me asevera categóricamente que nadie puede llegarse al Padre si no es de su mano, por Él. A nadie le es posible conocer, verdaderamente, el camino que lleva al Padre si Cristo no lo conduce, es más, nadie conoce al Padre sino aquél a quien Cristo se lo quiera revelar. Y si no se conoce a Cristo, si no se le quiere conocer, si aún conociéndolo no se quiere creer en El ¿cómo conocer al Padre? Y si a una Persona no se le conoce ¿cómo se le puede amar? Si no se le ama ¿cómo se puede llegar a ella? El Paraíso, la cumbre de la felicidad, es el lugar donde se goza de la presencia de Dios, pero en realidad esto es una añadidura a lo que verdaderamente es la suprema bienaventuranza, que no es otra cosa que el eterno e ilimitado ejercicio del amor sin medida entre dos personas, la Persona de tu Padre Dios y tu propia persona. Este amor al que estamos destinados, es un misterio para nuestra razón porque al amar a una determinada Persona de la Trinidad estoy amando a la vez a las otras dos con la misma intensidad. Para los que no creen o mejor dicho los que no quieren creer lo que creen porque no quieren amar lo que podrían amar si así lo quisieran, ¿a qué Paraíso aspiran? Cumplidos los días, que tiene contados, en este mundo, ¿qué les espera a la otra orilla, donde empieza la eternidad?
Jn 14,9 Dícele Jesús: Tanto tiempo estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto, ha visto al Padre: ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre?
Felipe será otro de los discípulos que interrumpe al Maestro. Asistimos a una Cena con doce judíos, Jesús y once de sus discípulos, porque Judas ya se ha marchado, que van a celebrar la Pascua. Doce hombres y uno de ellos es también Dios. Desde el principio de esta entrañable reunión de amigos ha sido mencionada la Persona del Padre varias veces. Uno de estos hombres, Jesús, habla de El con divina propiedad, con el rasgo peculiar de quien se reconoce Persona divina de la misma naturaleza que su Engendrador. Los otros hombres, judíos, reconocen a ese Padre como el único Dios, como única Persona divina, Creador de todo lo creado, de todo el universo, pero todavía no se han percatado del Misterio Trinitario que descubrirán a partir de Pentecostés. Felipe le pide a su Maestro que le muestre físicamente al Padre, que él y los demás lo puedan ver con sus ojos y Jesús, decepcionado, se sorprende con la súplica de su discípulo: ¿Todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto ha visto al Padre. Felipe, frunce el ceño, baja los ojos y desconcertado no sabe que decir, no sabe que entender, no entiende nada. A ti y a mí nos puede ocurrir igual. Quién ve a Cristo ¿está viendo al Padre? ¿Cómo se entiende esto?
Jn 14,10 ¿No crees que Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí? Las palabras que Yo os hablo, de mí mismo no las hablo; mas el Padre, que en mí mora, Él hace sus obras.
Pues, por la Fe en la Persona que me ha acreditado una sabiduría como jamás se ha visto en ningún otro hombre, un poder sobrenatural capaz de suspender las leyes de la naturaleza, una palabra llena de vida, espíritu y verdad, como nunca otro la haya hablado. Manifestar que el Padre Dios, ese Dios Único, en el que solo creían los judíos, moraba en El y que en definitiva las obras del Hijo eran las obras de este Dios Padre, es decir, que era el Padre quien hacía los milagros en el Hijo, con el Hijo y por el Hijo, era certificar que Jesucristo era tan Dios como su Padre, un Hombre que se arrogaba la naturaleza divina. ¿Qué otro hombre puede afirmar tales palabras?
Jn 14,11 Creedme, que Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, por las obras mismas creedlo.
Los discípulos, cada vez más anonadados, tenían la mirada fija en el rostro de su Maestro. Contemplarían el gesto de un Hombre que les está suplicando, con vehemencia, que le crean, que por favor, den crédito a sus palabras y si estas no fueran, a pesar de todo, convincentes, que por lo menos le creyeran por las obras, por los milagros que provocaron el estupor de sus inteligencias.
Jn 14,19 Todavía un poco, y el mundo ya más no me ve; pero vosotros me veréis, porque Yo vivo y vosotros viviréis.
Al día siguiente, Jesús, será ajusticiado de la manera más horrorosa, con la muerte más tremenda, morirá tetanizado, clavado en un palo, el mundo ya no le verá más, pero estos atónitos amigos si le volverán a ver, resucitado y en un estado en el que el tiempo y el espacio no limitaba su naturaleza humana resucitada. Cristo dice vivir ya una vida sempiterna que es esa misma vida que ellos vivirán, una vez consumada la Redención del género humano, de aquí a poquitos días.
Jn 14,20 En aquel día conoceréis vosotros que Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y Yo en vosotros.
“De aquí a poquito tiempo comprenderéis, del todo, que Yo estoy en mi Padre Dios, además os será evidente y palpable, comprenderéis que vosotros estáis en mí y Yo en vosotros”. Estas palabras de Hombre, las oían, con cierta tristeza, otros hombres, los de esa hora y después los de una generación que las ha transmitido a otra generación, y otra, y otra, hasta nuestros días. ¿A qué otro hombre le puedo entender que está en mi y yo en él?
Jn 14,23 Si alguno me amare, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y a él vendremos y en él haremos mansión.
Ahora, somos tú y yo, querida amiga, querido amigo, los destinatarios de semejantes palabras. Dios Padre está aquí, en Espíritu y Verdad, captamos que más que leer estamos rezando. Me siento removido en mi alma, he querido entender el significado de este versículo. Con la Fe que me asiste, trato de razonar y meditar, en silencio. ¿Amo a Cristo? ¿Guardo su palabra? Pues yo creo amarlo porque si no lo amara ¿Para quién estoy escribiendo esta reflexión? Y si tú, amiga mía, amigo mío, no lo amas ¿para qué seguir leyendo? Le amamos y hemos guardado su palabra o hemos querido guardarla en la medida de nuestro propósito y condición. La hemos guardado, queremos guardarla y en última instancia queremos querer guardarla. Y ¿qué ha pasado? Pues… que por esta disposición de nuestra voluntad somos objeto del amor, ni más ni menos que, del mismo Padre de Jesucristo, del mismo Dios que nos ha dado la vida y nos la sostiene, la misma que le entregaremos cuando Él lo tenga dispuesto. Y ¿dónde está este Padre y este Hijo? Pues… este Padre y este Cristo mío, Jesús de mi alma, están en ti y en mi, amiga mía, amigo mío, están y son donde yo estoy y yo soy, están en la médula de la esencia que me define como soy y quien soy. ¿Se entiende esto?
Jn 15,1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Labrador.
Con esta alegoría, Cristo quiere hacerse entender por aquellos discípulos y por todos los hombres que hayan tenido la oportunidad de leer estas palabras. Cristo dice ser la Vid verdadera, una Vid repleta de sarmientos y estos sarmientos serán todos los hombres posibles, todos. Su Padre es el labrador, un labrador activo, es decir un labrador que se preocupa por todos y cada uno de los sarmientos de esa Vid Verdadera, un Padre que “siente y padece” en su procurar divino para que su sarmiento, su hija, su hijo, tú y yo, demos mucho fruto.
Jn 15,2 Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo arranca; y todo el que lleva fruto, lo poda, para que lleve fruto más copioso.
Un hombre que no conoce a Cristo no puede dar fruto, esto es comprensible, pero un hombre que conoce a Cristo, que se dice cristiano y no lleva fruto es el resultado triste de una triste vida que le será arrebata por el labrador, por el Padre Dios, cuando menos se lo espere.
Jn 15,3 Ya vosotros estáis limpios, en virtud de la palabra que os he hablado.
Para Dios, para Cristo, estos once hombres ya estaban limpios en virtud de la palabra que El mismo les había hablado y ellos escuchado, aunque no la entendieran. Esa limpieza les viene dada por la purificación que en sí misma tiene la palabra de Cristo, una purificación que actúa en el espíritu del oyente aunque este no vislumbre el fondo sobrenatural del discurso divino.
Jn 15,4 Permaneced en mí, y Yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto en sí mismo si no permanece en la cepa, así tampoco vosotros, si no permaneciereis en mí.
Por la Fe, Dios promete, que un día determinado, en este mundo, conoceremos que El está en mí y en ti. Cuando ya se tiene conciencia de esta inmanencia de Cristo en nuestro propio yo, la propia dinámica del ejercicio de la vida pondrá, permanentemente, a prueba el amor con el que Cristo nos sale al encuentro en nuestro caminar hacia la casa del Padre. Ya he encontrado a Cristo, muy bien, ahora, mi tarea, que no es fácil, es permanecer en El y darle cobijo en mi alma, en el más limpio e íntimo aposento de mi espíritu, en ese más noble lugar de mi yo que solo puede ser ocupado por El y por nadie más. Este es el fruto tuyo y mío que podemos brindar a los de dentro y a los fuera de mi casa, al mundo entero, un fruto que es una feliz realidad, que no he generado por mí mismo, es un fruto que hace mucho bien porque este sarmiento permanece y vive de su Cepa que es Cristo.
Jn 15,7 Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, cuanto quisiereis pedidlo, y lo obtendréis.
Amiga mía, amigo mío, Dios ni se engaña ni nos engaña. No hay que dislocar la interpretación del texto de este versículo. Este dice lo que dice, lo que tú y yo estamos leyendo. ¿Qué lees? ¿Qué entiendes? Yo entiendo que si encuentro a Cristo, si permanezco en El y a su vez, El y sus palabras permanecen en mi, todo lo que quisiere pedirle lo obtendré. ¿Todo? Pues si… ¡Todo! Cuando uno lleva al mismo Jesús viviendo su propia vida no puede pedir otra cosa que aquello que El, Cristo, quiere pedir. Y ¿qué puede pedir Cristo? Cristo solo busca glorificar a su Padre, glorificarlo con su propia vida y la vida de su sarmiento que en definitiva solo tiene la vida de la Vid de la cual recibe la savia de la que se nutre permanentemente. ¿Qué pido?, ¿cómo lo pido?, ¿cuándo lo pido?, ¿en dónde lo pido?, ¿por qué lo pido?, ¿para qué lo pido?, ¿para quién lo pido? Todas estas preguntas quedarán respondidas si se pide como pedía Santa Teresa de Jesús: “Señor, concédeme lo que te pido, si conviene, y si no conviene haz que convenga”. Pedir como pidió la Virgen María es más que seguro que se consigue lo que se pide. ¿Cómo pidió María? Con solo enterar a su Hijo de un contratiempo: “No tienen vino”. Después esperar solo a que la Misericordia haga lo demás. ¿Me comprendes?
Jn 15,8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis fruto abundante; con esto seréis discípulos míos.
Nuestro último y más sagrado fin es glorificar al Padre de Cristo, a este Padre mío y tuyo, querida amiga, querido amigo. Nuestro fruto abundante, sobre todo, tiene un destino, la glorificación de este Dios que ahora reconozco en la Persona del Padre. Y ¿cuál es mi paga?, mi paga es ser discípulo de mi Señor, mi paga es mi propio Señor, porque para mí y para ti, Jesucristo es, con el Padre y el Espíritu Santo, mi único Dios, la conclusión de mi existir.
Jn 15,9 Como me amó el Padre, también Yo os amé; permaneced en mi amor.
El Padre amó al Hijo ilimitadamente, sin medida, este amor no cabe en nuestra razón. Con ese mismo amor, el Hijo, que también es Persona divina, nos amó, desde la eternidad, desde que pensó en ti y en mí. Este vocabulario humano se llega a nuestros oídos articulado con la palabra humana de un Hombre que es, ni más ni menos, que Dios. Este Dios, que es Amor, nos está pidiendo que permanezcamos en El.
Jn 15,10 Si mis mandamientos guardareis, permaneceréis en mi amor: como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
Y ¿Cómo permanezco en ese amor? Pues fijándome en sus actos y en sus palabras, en su vida, la que por privilegio divino hemos encontrado en el Evangelio. No hay otro Libro, solo este, que incluso llega a tus manos redactado en primera Persona, es decir, redactado por el mismo Cristo: AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO. Como Cristo guardó los mandamientos de su Padre Dios y permanece en El, tú y yo, guardando los mandamientos de este Hijo de Dios, de tu Dios y mi Dios, permaneceremos en su amor.
Jn 15,13 Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos.
Y ¿qué tributo pagará este Dios por este amigo? Pues el precio es inaudito, no lo comprendo. ¿Cómo puede dar este Hombre su vida por este gusano? Nadie me ha ofrecido amor más grande por conquistar mi alma. Y cuando pienso que esto ha sido así, que esto se ha consumado en el tiempo y el espacio del hombre, por mí y para mí, me quedo estupefacto, yo no puedo valer tanto y sin embargo Alguien me ha valorado más que yo me valoro a mí mismo. Yo no daría mi vida por mí y sin embargo este Cristo mío, este Jesús de mi alma, que se dice Amigo mío, me ha rescatado con su vida, muriendo muerte de Cruz, en una agonía espeluznante. ¿Qué vale un hombre para Dios? ¿Qué vale el hombre para el hombre?
Jn 15,14 Vosotros sois mis amigos, si hiciereis lo que yo os mando.
Tengo una deuda que no podré pagar nunca, me parece imposible resarcir a mi Dios de tan desmesurado desprendimiento hasta llegar a la muerte por mí. ¿Cómo no voy a ser amigo Tuyo, Amado mío? Yo no valgo nada y valgo tu vida. ¡Qué contraste, Dios mío! Un amigo mío, que fuera como yo, no sería mi amigo. ¿Qué has visto en mí para cambiar tu vida por la mía? La eternidad me queda pequeña para desagraviarte por mi ingratitud y la ingratitud de los hombres de todos los tiempos. ¿Qué me pides? ¿Qué sea tu amigo? ¿Qué he de hacer? ¿Hacer lo que me mandas? Mándame, Dios mío, lo que quieras y a la vez haz por mí lo que me mandas.
Jn 15,15 Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su señor; mas a vosotros os he llamado amigos, pues todas las cosas que de mi Padre oí os la di a conocer.
Si has llegado hasta aquí y has acogido estas mi pobres palabras, sentirás lo mismo que siento yo. Este versículo está escrito para mí y para ti. Dice Dios que todo me lo ha dado a conocer y ese todo no es, ni más ni menos, que el Evangelio redactado en forma autobiográfica. ¿Qué otro libro me puede dar a conocer mejor a Jesucristo que su propia Autobiografía? Yo he sido el lapicero y mi Dios así me ha usado, de mí no he puesto nada porque solo he ordenado los versículos de los Evangelios en orden cronológico y estos están escritos al dictado del Espíritu de Jesucristo que no es otro que el Espíritu Santo. ¿Qué siento yo? Pues yo siento y comprendo que ningún otro hombre me ha dado a conocer al Padre Dios, solo Jesucristo, Hijo de este Padre que a su vez es Padre mío, me lo ha hecho percibir como un Ser real que, precisamente, lo descubro en mi ordinario vivir como un Padre tan cercano como yo lo quiera tener, un Padre Omnipotente que está permanentemente ejerciendo su Misericordia sobre este hijo suyo que le ha costado, ni más ni menos que, la vida de su Predilecto, Jesucristo. ¿Qué siento yo? Pues yo siento y asumo lo que mi Dios me ha concedido sin que yo lo merezca, ser amigo de su alma como El es Amigo de la mía.
Jn 15,16 No me escogisteis vosotros a mí, antes yo os escogí a vosotros, y os destiné para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidáis al Padre en nombre mío os lo dé.
Está claro que la iniciativa la ha llevado mi Dios. El me eligió para ser su amigo. Esta es mi mayor honra. Pero un amigo de este Hombre, en este mundo, está más que comprometido, un cristiano debe llevar fruto, necesariamente, un fruto que, fundamentalmente, no es otra cosa que el cumplimiento del deber en su estado. Un amigo de Cristo lleva el buen olor de su Amo y a donde vaya se le nota. Dará ejemplo y glorificará a su Señor en la medida que su fruto sea más abundante para bien de muchos, de aquellos que conoce y de los que no conoce, porque el beneficio de sus buenos actos le trascenderán en el tiempo, permanecerán “sine die”, sin fecha de caducidad. ¿Qué otra interpretación le puedo dar a la última frase de este versículo? Ser amigo de Cristo supone adquirir una facultad inconcebible, en la razón de un hombre, supone rendir la Omnipotencia del Padre de todo lo creado a la voluntad de un amigo de Cristo que le pida el universo en nombre de su Hijo. Todo depende de mi Fe. Creer, sin ninguna duda, en lo que se pide, supone lograr en el acto lo que se ha pedido.
Jn 15,19 Si del mundo fuerais, el mundo amaría lo que era suyo; mas pues no sois del mundo, sino que Yo os entresaqué del mundo, por eso os aborrece el mundo.
No es posible ser amigo de Cristo y del mundo. Amar a Cristo es ser otro Cristo el mismo Cristo, y como ya sabemos, Cristo no es de este mundo, por tanto ni tú ni yo, querida amiga, querido amigo, aunque me está costando escribirlo, somos de este mundo. ¿Cómo entender esto? El mundo no puede amar a un cristiano porque le pone en evidencia. Las obras del mundo, son malas, sin embargo las del buen cristiano son buenas y este contraste le es adverso a quien vive de espaldas a Dios. Si embargo el cristiano no desprecia al mundo, al contrario, lo ama apasionadamente como medio para alcanzar su último destino, el Paraíso, que no es otra cosa que ejercer el amor sobre Cristo, en su más acabado cumplimiento, durante toda una eternidad. Para el cristiano su premio es Cristo.
Jn 15,23 Quien a mí me aborrece, también aborrece a mi Padre.
¿Cómo se puede aborrecer al Hombre que se ha dejado asesinar por ti? ¿Cómo se puede aborrecer a un Hombre que pasó por el mundo haciendo el bien? En los tiempos de Cristo, el poder religioso se atribuía la moral judaica y precisamente, como se lee en el Evangelio, esta autoridad no tenía ninguna moral. Adán y Eva cometieron un pecado tremendo, tan grande como para transmitir sus efectos sobre toda la generación humana, pero, a mi juicio, el pecado de las autoridades judías de los tiempos de Cristo consumó un Magnicidio de infinita transcendencia. No hay otro pecado mayor. Por supuesto que no todo el pueblo judío es responsable de tan abominable acto de perversa locura, sin embargo en el seno de este pueblo se dio la más infame de las muertes al más bello de los hombres, al Hijo de Dios, al Hijo de un Padre que contemplamos llorando, desde la razón humana, por este nefando acto de maldad infinita, precisamente consumado por su pueblo escogido, lágrimas divinas de infinita amargura. ¿Quién no conoce la historia de este pueblo de dura cerviz? Aborrecer a Cristo es lo mismo que aborrecer a su Padre, al Dios que con un soplo eliminaría toda la vida que existe en el Universo. ¿Hasta cuando, Dios mío, te esperará el pueblo de tus entrañas?
Jn 15,24 Si no hubiera Yo hecho entre ellos obras cuales ningún otro hizo, no tuvieran pecado; mas ahora las han visto, y han aborrecido así a mí como a mi Padre.
Aquella generación judía, aquel pueblo, fue testigo privilegiado de unos hechos portentosos como jamás se habían visto y como ya más se verán hasta el final de los tiempos. Las vieron y no creyeron en la Persona que los consumó, un Hombre que entre otros realizó, con pública concurrencia, que da mayor crédito a su historicidad, los siguientes milagros:
I.(Jn 2,1-11) Convirtió 600 litros de agua, que es una sustancia líquida, inodora, insípida e incolora en pequeña cantidad y verdosa o azulada en grandes masas, que está formada por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, en 600 litros de vino, que es una bebida alcohólica que se obtiene del zumo de las uvas exprimidas, cocido naturalmente por fermentación. Puedo asegurar que este vino sería el mejor vino posible, el más exquisito caldo que jamás haya gustado el paladar más exigente. ¿Conoces a alguien que haya hecho semejante cambio en la naturaleza de una cosa para ser otra cosa? La esencia es un conjunto de características necesarias e imprescindibles para que algo sea lo que es. Cristo cambió la esencia del agua en esencia de un excelente vino. ¿Cómo lo pudo hacer? El ejercicio de toda la ciencia humana, que se conoce hasta el día de hoy, tratando de cambiar el agua en vino, no haría posible lo que Jesús consiguió, en el acto, solo porque lo quiso, sin mover una pestaña, al imperio de su Voluntad Divina.
II.(Jn 4,46-54) El hijo de un funcionario real estaba enfermo, dice el Evangelio que era una enfermedad de muerte, este era el diagnóstico de los facultativos de la época. El funcionario, que vivía en Cafarnaúm, se llega a Jesús, que estaba en Caná de Galilea, y le implora que baje con él a Cafarnaúm y cure a su hijo porque se le muere. El funcionario cree en el poder de curación de Jesús siempre y cuando, personalmente, el Taumaturgo toque a su hijo, esté presente en el habitáculo donde el niño agoniza. Jesús le echa en cara su falta de fe, la misma que le pone a prueba cuando le asegura, en ese instante y a distancia, que le ha escuchado y en virtud de su querer y poder el niño se ha curado, sin hacer ningún signo externo, sin ninguna señal espectacular, sin aparatosa invocación al cielo, simple y llanamente por virtud de su Voluntad Divina. ¿Conoces a alguien que haya curado, a un niño enfermo y agónico, en el acto, con solo quererlo y a distancia?
III.(Jn 5,1-18) El siguiente milagro que nos relata el Evangelista San Juan ocurre dentro de un lugar, una edificación con cinco pórticos situada en Jerusalén, cerca del Templo, en la cual había un estanque rodeado por una muchedumbre de enfermos e impedidos que creían en el poder curativo de estas aguas cuando en ocasiones eran agitadas por algún hecho sobrenatural, de suerte que el primero que entraba en ellas, después de la agitación, quedaba curado. Entró Jesús, en este lugar y vino a fijarse en un hombre que yacía en el suelo, paralítico. Conoció que este hombre llevaba allí mucho tiempo y así era, porque el Evangelista nos dice que este hombre sufría esta enfermad ya treinta y ocho años. Jesús se acerca a este hombre y le pregunta si quiere curarse. El paralítico le dice que sí y le da sus razones de por qué todavía no está curado. Ni se imagina que el Hombre con el que habla le va a curar en el acto. Así fue, al mandato imperativo de Cristo este hombre sanó de inmediato, se levantó, tomó a cuestas su camilla y se marchó a su casa. ¿Conoces a alguien que haya curado, en el acto, a un enfermo tetraplégico, durante treinta y ocho años?
IV.(Jn 6,1-15) Al final del segundo año de predicación pública, en un paraje determinado, Jesús alzó la vista y vió una gran muchedumbre que venía hacia El. Sintió pena de esta gente, el día estaba avanzado y se dispone a ejecutar un milagro impresionante. Pregunta a sus discípulos de qué viandas se dispone, cinco panes y dos peces, le responderán. Mandó que la multitud se sentara sobre la hierba de aquel campo y bendiciendo estos panes y peces, dando gracias, comenzaron a multiplicarse, inauditamente, en sus manos y en las manos de sus discípulos que los repartían, hasta saciar a una multitud, posiblemente, superior a diez mil personas, hombres, mujeres y niños. Lo mío es hacer números, querida amiga, querido amigo y si ahora hago un pequeño cálculo te diré que, si cada comensal, para calmar su apetito, ingirió de media entre 500 y 700 gramos, resulta que estamos ante la sorprendente cifra de entre 5 y 7 toneladas de pan y pescado. ¿Lo entiendes bien? Si, si, los cinco panes y dos peces se convirtieron entre 5.000 Kg ó 7.000 Kg de alimentos, que fueron distribuidos, también con milagrosa celeridad, porque la tarde iba cayendo. ¿Qué te parece? Te aconsejo que leas el artículo: VINCULACIÓN RAZONADA DE DOS DE LOS MILAGROS MÁS IMPORTANTES DE JESUCRISTO. Ahora, yo te pregunto: ¿Conoces a alguien que haya materializado semejante prodigio o algo parecido?
V.(Jn 6,16-21) En el día de este acontecimiento contemplado por más de diez mil testigos (¿puede negarse su historicidad?), cuando ya se hizo de noche, los discípulos de Jesús se embarcaron para cruzar el lago, Jesús no iba con ellos, y en esto se encrespó el mar y remaban con fatiga sin avanzar mucho. De pronto ven a Jesús que caminando sobre las aguas, sobre este mar encrespado, se acercaba hacia ellos, sintieron pánico, Jesús les dice: “No tengáis miedo”. Creen ver un fantasma y Pedro grita: ¡Si eres Tú, Señor, mándame ir a Ti sobre las aguas! Y el Señor le dirá: ¡Ven! Pedro comenzó a caminar, también sobre la mar gruesa, se acercaba a Jesús, pero, sintiendo el viento recio, le entró miedo y se hundía. ¡Señor sálvame! Y al punto, Cristo extendió la mano lo agarró, subieron a la barca y amainó el viento. Además de estos dos hombres ¿Conoces a alguien que haya caminado sobre el mar encrespado por un fuerte viento?
VI.(Jn 9,1-41) Caminamos hacia el final del tercer año de la vida pública de Jesús y asistimos a otro portentoso milagro del Hijo de Dios hecho Hombre sobre otro hombre, una persona ciega de nacimiento. ¿Ciego de nacimiento? Si, que no había visto nada en su vida. ¿Cuál es la causa de una ceguera de nacimiento? En clave médica, una de las cusas de este no ver nada, es consecuencia de una Fibroplasia retrolental por la cual se produce un trastorno en el desarrollo de las vasos sanguíneos retinales del bebé y su forma severa se caracteriza por la proliferación vascular retinal, desprendimiento de retina y ceguera irreversible ya antes de nacer. El ciego de nacimiento puede imaginar de manera muy sui géneris la realidad de las cosas. Ha habido numerosas indicaciones de sueños visuales en sujetos ciegos de nacimiento, éstas estaban basadas en declaraciones subjetivas, difíciles de demostrar objetivamente. Un ciego de nacimiento puede soñar que ve pero cuando se le pide que describa su sueño dichas personas recordaran algún contenido visual en sus sueños (además de componentes táctiles o auditivos), que pueden describir verbalmente, también son capaces de hacer representaciones gráficas de su contenido, en forma de dibujos esquemáticos parecidos a palmeras, soles, nubes, e incluso figuras humanas, aunque de formas muy sencillas y muy lejos de la realidad. Pues bien, Jesús, pasando, vió a un hombre ciego de nacimiento y sin que él se lo pida, se acerca, escupe en tierra y hace lodo con su saliva y con ese barro le unge los ojos. El ciego siente la humedad del lodo sobre sus párpados y un poco aturdido oye a Cristo que le indica que se lave en la piscina de Siloé. El ciego, fue, se lavó y…. ¡volvió con vista! El Señor nos sorprende a cada paso del Evangelio. ¿No pudo curar, como en otros casos, con su querer en el acto, su palabra o simplemente con su tacto? Pues no, no quiso curarlo así. Dios es imprevisible. Y ahora querida amiga, querido amigo, extrapolemos los actos del Autor del milagro a otro personaje de la historia humana que nos parezca muy importante, incluso pongámonos, nosotros mismos en el lugar de Jesús. Ante nosotros está un ciego de nacimiento, escupimos en el suelo, hacemos lodo, ungimos los párpados del ciego y por último le decimos: “Anda, ve al río que pasa por tu pueblo y lávate”. ¿Qué puede ocurrir? Pues ocurre algo patético, el ciego está tan ciego como antes y además con todo el rostro manchado de barro. Qué te voy a contar, amiga mía, amigo mío, seríamos el hazmerreír de la gente y nos veríamos inmersos en una situación tragicómica vergonzante en grado sumo. ¿Conoces a alguien que haya conseguido que un hombre, ciego de nacimiento, vea por primera vez, con nitidez y para siempre?
VII.(Mt 17,24-27) Hasta ahora hemos mantenido la secuencia cronológica en los milagros relatados solo en el Evangelio de San Juan. En el Evangelio Concordado, el milagro que ahora analizamos mantiene el orden cronológico aunque, este milagro, solo lo describa San Mateo. Nunca lo he visto suficientemente comentado en los libros que se han publicado sobre la vida de Jesucristo, sin embargo este hecho sorprende a este ingeniero que suscribe, acostumbrado al ejercicio de la lógica como herramienta fundamental para el buen hacer de su trabajo técnico. El trato y relación humana con las personas que hasta ahora he tenido ocasión de conocer, siempre se ha establecido sobre la base del sentido común. Normalmente, un técnico pasa de conversaciones imaginarias, mantiene una respetuosa distancia de la dudosa fiabilidad de los sentimientos que no vengan acreditados por una verdadera amistad. El pragmatismo, en una medida razonable, es una herramienta más con la que interpreta los acontecimientos que le salen al paso en el ejercicio de su trabajo. A la vista de lo que ahora se lee: (Mt 17,26-27 ) “Luego exentos están los hijos. Mas para que no los escandalicemos, vete al mar y echa el anzuelo, y al primer pez que saques, tómalo, y abriéndole la boca, hallarás un estater; tómalo y entrégalo a ellos por mí y por ti.” Del apartado del Evangelio al que hemos hecho referencia, me quedo con el versículo que has leído. Es un coloquio entre Pedro y Jesús sobre el pago de impuestos. Un Hombre le dice a otro hombre que vaya al mar y se ponga a pescar y, sin pestañear, le comunica que al primer pez que saque le abra la boca y allí encontrará una moneda cuyo valor es suficiente para pagar el tributo que exige el estado. Amiga mía, amigo mío, ¿has leído lo mismo que yo he leído? ¿Qué conclusiones sacas? Te diré las mías: A) No hay hombre alguno al que yo le de crédito en semejante mandato. B) Jamás se me ocurriría hacerle caso, porque no le atribuyo a ningún ser humano conocimiento sobrenatural como el que de aquí se trata. C) Como se puede deducir, el hecho mencionado se consumó tal cual lo hemos leído y en consecuencia se me ocurren estas preguntas: 1ª) ¿Por qué sabía que en el mar había un pez que llevaba en su boca una moneda? 2ª) ¿Por qué sabía el valor de la moneda? 3ª) ¿Por qué sabía que el pez estaba en determinado sitio del mar? 4ª) ¿Por qué sabía que junto a este pez habían otros peces? 5ª) ¿Por qué sabía la hora oportuna para lanzar el anzuelo al mar? 6ª) ¿Por qué sabía que este pez, el que llevaba la moneda en su boca, sería el primero en morder el anzuelo sin expulsar la moneda? 7ª) ¿Por qué Pedro, un experto pescador, obedeció, sin la más mínima duda, al mandato de Jesús? 8ª) ¿Quién era este Hombre para Pedro? 9ª) ¿Quién es este Hombre para mí? 10ª) ¿Quién es este Hombre para ti, amiga mía, amigo mío? ¿Conoces a alguien que se atribuya y lo demuestre semejante conocimiento sobrenatural?
VIII.(Jn 11,1-16) Ahora nos encontramos de lleno con la enfermedad y la muerte. En el Evangelio Concordado, antes de llegar a este trágico suceso, de la muerte de un amigo, del amigo Lázaro, conocimos el fallecimiento de un joven, el hijo de la viuda de Naím, y de una niña, la hija de Jairo. Acababan de morir, el alma ya había salido de sus cuerpos, se certificó su defunción, desenlace final de una enfermedad humanamente incurable. Asombrados, vimos con qué sencillez, Jesucristo, les devuelve la vida y hace que sus espíritus vuelvan del lugar donde estaban para animar de nuevo estos cuerpos que además quedaron sanos de su enfermedad. Aconsejo que se lea el artículo MORIR Y RESUCITAR DOS VECES. A Cristo le llega el mensaje de la gravísima enfermedad de su amigo Lázaro y sin embargo deja volver al mensajero sabiendo que ese mal de su amigo le haría morir en breve. ¿Por qué Cristo no actuó de inmediato como en otras ocasiones? Esta pregunta se responde a la vista de estas palabras: (Jn 11,4) Oído esto, Jesús dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios. El Señor sabía que su amigo iba a morir y a su vez nos hace saber que el último fin de esa terrible enfermedad no sería la muerte definitiva de este hombre, sino la gloria del Hijo de Dios, su gloria. Conocía con anticipación los hechos que se consumarían tal cual El, a priori, ya había dispuesto. Antes de que se inicie el drama, ya conoce su desarrollo y su final. ¿Quién es este Hombre? Cristo buscaba la Fe de sus discípulos y la de todos los judíos que fueron testigos de la resurrección de un cadáver podrido, busca, con vehemencia, tu Fe y la mía. Atónitos, seguimos la lectura de este suceso y la verdad que, metidos dentro del relato, no se puede evitar el estremecimiento que producen las lágrimas de Marta, las lágrimas de María ¡y las lágrimas de Jesús! Si Cristo ya lo sabía ¿Por qué llora? En este drama, la humanidad de Cristo y su divinidad son más patentes que en ningún otro pasaje de los Evangelios. La pormenorizada descripción que San Juan, el 4º hombre, hace de estos hechos, realmente históricos, me sumergen en el tiempo que desando para ser un testigo más y sentir cómo mi médula espinal se eriza al oír el grito de Cristo: “¡¡Lázaro, ven afuera!! He clavado mis dilatadas pupilas en la entrada de la tumba, he olido el hedor de los muertos y visto el cuerpo de un cadáver, cuatro días enterrado y envuelto en vendas, ¡¡¡que se movía!!! He oído el grito de las hermanas de Lázaro, el grito de la gente y me he estremecido y apretando los dientes no he podido evitar las lágrimas en mis ojos y una sensación que no se explicar. Tengo como agrietada el alma y con un espíritu de adoración me siento en presencia de mi Dios y este mi Dios es un Hombre como yo, que me ha removido, al que acabo de ver llorar y sin embargo me he tirado a sus pies benditos para comérmelos a besos y sin respeto humano escribo lo que creo y lo que amo, escribo a mi Dios con la esperanza de que acepte mi adoración en amor: “Señor mío y Dios mío”. Y ahora amiga mía, amigo mío, te vuelvo a preguntar: ¿Conoces a alguien que haya resucitado a un muerto ya podrido?
IX. (Mt 26,26-29);(Mc 14,22-25);(Lc 22,19-20);(1 Cor 11,23-26) Por fin llego al último y más transcendental milagro, el milagro de la Misericordia, que se va a consumar en la noche más entrañable que Jesús pasó en este mundo. Ha llegado la hora de Cristo y en una conversación, a veces entrecortada por la emoción, les descubrirá a sus íntimos las luces de su divinidad, les hablará del Padre como nunca les habló con tanta precisión. Somos testigos de la Última Cena y en ella se dio un milagro que se repite ahora en todos los lugares del mundo desde donde sale el sol hasta el ocaso. ¿De qué milagro se trata? Pues del milagro que lleva por nombre Transubstanciación, un hecho inexplicable para los sentidos del ser humano y que sin embargo resulta ser una verdad tan real como nuestra propia evidencia. En determinado momento de la Cena, tomando pan y vino, dijo Jesucristo: “Tomad, comed: éste es mi cuerpo, que por vosotros es entregado; haced esto en memoria de mí.” “Bebed de él todos, porque ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que por vosotros y por muchos es derramada, para remisión de los pecados. Haced esto, cuantas veces bebiereis, en memoria de mí.” He aquí el milagro más importante de Jesucristo antes de morir, de salir de este mundo. Los demás milagros, hechos portentosos, que suspendieron las leyes de la naturaleza, fueron notoriamente captados por nuestros sentidos, no había lugar a dudas, son hechos meridianamente reales que nos llenaron de estupor. Pero ahora mi capacidad de razonar y mi discernimiento, sobre lo que Cristo me dice que es una cosa y sobre lo que mis sentidos me exhiben manifiestamente sobre esa cosa, se pone a prueba. Todavía me siento impresionado con los hechos, sumamente dramáticos, que se me han dado a conocer por este 4º hombre, que ahora, identifico con el discípulo a quien tanto amaba Jesús, con San Juan Evangelista. Todavía percibo el eco de este “Señor mío y Dios mío” que me salió del alma al ser testigo del desenlace final de la resurrección de Lázaro. Es el mismo Hombre, Jesús, que convirtió 600 litros de agua en 600 litros de vino. Este Hombre es el que me está dando un trozo de pan, que previamente ha bendecido, y me está invitando a que lo coma pero con una afirmación que pone a prueba mi Fe y mi razón: “Toma, come, porque esto que te doy es mi Cuerpo que por ti es entregado”. “Toma, bebe, porque esto que te doy es mi Sangre que será derramada para remisión de tus pecados”. El infinito crédito que me merece la Persona que me está hablando me lleva a la conclusión de que para que estas palabras sean verídicas y creíbles se ha debido de materializar un milagro, un hecho inaudito, que sin embargo no he percibido con los sentidos. El pan y el vino que como tales he gustado, según me confirma mi Señor, avalándolo con su divinidad, son su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Me acabo de comer y beber a mi propio Dios, así como suena. Sin embargo, esto de comerme y beberme a mi Dios me resulta una frase hecha que no la siento. En la Consagración se consuma un milagro en virtud del cual una cosa se convierte en una Persona con naturaleza humana y con naturaleza divina. Un trocito de pan y un poquito de vino se transforman en la Persona de Cristo. Este es el Misterio de nuestra Fe, proclama el sacerdote que ha consagrado. Para un espectador, no creyente, después de la Consagración, allí sigue estando solamente un trocito de pan con sabor a pan y un poquito de vino con sabor a vino. Si el espectador preguntara, al fiel que asiste al Sacrificio de la Misa: ¿Tú que ves? ¿Qué has gustado cuando has comulgado? El católico le contestará: Veo a mi Dios y he gustado a mi Dios. Sin Fe, el espectador abandonaría el templo circunspecto y pensativo, no ha percibido semejante sensación. Un misterio descubierto ya no es un misterio. Lo que nos ocupa es un Misterio pero no un disparate, una absurda incoherencia. El católico, al asumir estas palabras de Cristo no las razona según la lógica humana, como razona todas las demás cosas, sabe que Cristo ni se engaña ni lo engaña. Lo que dice su Señor lo cree sin ninguna duda pero su humana razón no es capaz de hacer comprensible la lógica de su Fe a la sola lógica terrenal con la que le interpela el no creyente. Al escuchar las palabras de la Consagración, el católico eleva su discernimiento por encima de sus sentidos corpóreos, busca situarse en el nivel de la razón del Ser que le está invitando a gustar su Carne y su Sangre, este Ser razona a lo divino y por tanto para entenderlo tienes que desprenderte de tu lógica, solamente humana, para adquirir una lógica que juzgue a lo divino, es decir se ha de divinizar la razón. Cristo es Dios y no se equivoca, se equivocan nuestros sentidos que por la Fe son superados. Traspasando la raya de la evidencia sensorial y asumiendo una realidad incuestionable, imposible de apreciar por el intelecto mundano, el acto de consagrar supone, de facto, la Transubstanciación, es decir, la desaparición de las sustancias, aunque permanezcan los accidentes, que definen al pan y al vino para ser la Carne, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo, en definitiva para ser, lo que concibo como lo más sagrado de mi alma, mi Dios Fontal en el que me muevo y existo. Para mí y para ti, amiga mía, amigo mío, quizás, hoy, este Misterio sea menos Misterio. Para la Virgen María, el acto de comulgar a su Hijo y a su Dios no era ningún misterio, era una delicia sobrenatural, un adelanto del Paraíso que la esperaba para coronarla Reina de todo lo creado.
Jn 16,28 Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.
Otra vez sale a colación el Padre, un Padre que no está en este mundo, un Ser espiritual que no se le conoce el rostro sino es mirando al rostro de su Hijo, hecho Hombre, que dice: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Cristo se dispone a salir de este mundo para volver a su lugar de origen, pero su lugar de origen no es un lugar, es una Persona y esta Persona es su Padre con el cual dice ser una sola cosa.
Jn 17,1 Estas cosas habló Jesús, y alzando sus ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti;
Jesús está conmovido, hace una pequeña pausa, alza sus bellísimos ojos al cielo y vuelve a interpelar a su Padre. La hora se ha cumplido y este bendito Hijo, enternecido, va hacia su glorificación y en consecuencia, la glorificación de su Padre, un Padre que siente y padece a lo divino, de la forma que tú y yo no entendemos ahora.
Jn 17,2 según que le diste el señorío sobre toda carne, para que a todos los que les has dado, a éstos dé vida eterna.
Jesús es el Señor de todo, pero aquí hace mención específica de su señorío sobre toda carne, es decir, sobre todo hombre y mujer posibles en el tiempo. En su mano lleva la vida eterna, la que va a transmitir a todos los hermanos que le vienen dados de la mano de su Padre, un Padre que para que esto sea una gloriosa realidad tendrá que pagar un precio costosísimo, infinito, tendrá que pagar con la vida de su Predilecto, de su Hijo Jesucristo.
Jn 17,3 Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el solo Dios verdadero, y a quien enviaste Jesucristo.
¡Cuantas veces me he preguntado qué es la vida eterna! Pues, esto es la vida eterna, conocer a mi Padre porque he conocido a su Hijo, porque he conocido a mi Señor. ¿Qué cosa más importante le puedo suplicar a mi Señor que el mismo amor con el que El ama a su Padre? Cristo ha venido al mundo enviado por su Padre. Ha cumplido su misión y hoy, a dos mil años vista, este ingeniero que suscribe se reconoce hijo de su mismo Padre. Por encima de cualquier dádiva que del cielo pueda recibir considero esta filiación divina como lo más sagrado y glorioso que se me ha concedido. Tener conciencia plena de tu Paternidad, Padre mío, es el beneficio divino que mayor gloria me viene dada de la mano del Amado mío que también es el Amado Tuyo, un Hombre y un Dios en el quien soy quien soy porque así lo quiere, este Hijo de tus entrañas a quien adoro en amor, en eterna gratitud porque te me ha dado a conocer y en este conocimiento fundamento mi último destino que no es otro, Padre mío, que llegar al final de mis días con la ofrenda de mi persona, esta que abandono en tus benditas manos para siempre.
Jn 17,4 Yo te glorifiqué sobre la tierra, consumando la obra que Tú me has encomendado hacer;
El Mesías ha consumado su obra, la que su Padre le había encomendado y con esto lo ha glorificado, ahora ha de pagar el precio de esa obra y el precio es su vida. Ya casi se oyen las pisadas de sus verdugos y al frente de ellos camina Judas, un hombre que más le hubiera no haber nacido.
Jn 17,5 y ahora glorifícame tú, Padre, cabe Ti mismo con la gloria que cabe Ti Yo tenía antes que el mundo fuese.
Otra vez el nombre del Padre Dios en la boca de su Hijo, Jesucristo, un Hombre al que podíamos ver, oír y tocar, un Hombre ¡que está hablando con el Dios sin principio ni fin, en el que todo se mueve y existe, que todo lo ha creado!, ¡con su Padre! Este Hombre, Jesús, le pide a su Padre que lo glorifique dentro de ese “Yo soy el que soy” que solo Dios puede articular con propiedad absoluta, pero además este Hombre está asegurando existir en estado glorificado antes del que el mundo viniera a ser, un estado que ahora le requiere con todo el Amor que este Padre se merece. ¿Cómo puede entenderse esto si el Hombre que habla no es Dios? Y si es Dios ¿a quién ajusticiaron los judíos?, ¿qué colosal y bárbara locura cometió este pueblo?
Jn 17,9 Por ellos Yo ruego: no por el mundo ruego, sino por aquellos que me has encomendado, pues Tuyos son;
Este Dios Hijo, ruega por nosotros y no ruega por el mundo, un mundo que precisamente ha creado El. Cristo ruega por aquellos que son de su Padre y no ruega por aquellos que no son de su Padre. Y ¿quienes son de su Padre? Son de su Padre aquellos que han guardado su palabra, que han creído en su Hijo, este Hijo que ahora está rezando a su Padre en voz alta para que lo oigan sus discípulos, para que lo oigamos tú y yo.
Jn 17,10 y mis cosas todas Tuyas son, y las Tuyas mías; y he sido glorificado en ellos.
He interpretado que soy propiedad absoluta de un Padre que envía a su Hijo a la muerte, precisamente para que yo me lo apropie como Padre mío. Soy de este Padre, pero también soy de este Hijo que me asegura que soy de El como lo soy de su Padre, un Padre Dios que glorifica a su Hijo Dios en mí.
Jn 17,11 Y desde ahora no estoy en el mundo, y éstos quedan en el mundo y Yo voy a ti. Padre Santo, guárdalos en tu nombre, estos que Tú me has dado, para que sean uno como nosotros.
Cristo se nos va, amiga mía, amigo mío, y tú y yo quedamos aquí, en este mundo, en este por el que Jesús no ha rogado pero que sin embargo lo vivimos guardados de todo mal, guardados en el nombre del Padre para que se consume algo que no se explicar, algo que ya se sale de mi pequeña razón, ser contigo, conmigo, con los tuyos y con los míos y con todos los hijos de la Iglesia Católica, una sola cosa con este Padre y con este Hijo, ser uno con un indiviso y singular Espíritu que diviniza nuestro yo.
Jn 17,23 Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad: para que conozca el mundo que Tú me enviaste y le amaste a ellos como me amaste a mí.
Cristo en mí, y en Cristo y por Cristo yo en Él y en mi Padre Dios, como está mi Señor, consumados en una sola cosa porque el Amor con el que el Padre ama a su Hijo, este Amor que es Persona, diferente al Padre y al Hijo, me ama a mí tal y como ama a mi Señor.
Jn 17,24 Padre, los que me has dado, quiero que, donde estoy Yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo.
Cristo mío, Jesús de mi alma, tanto me has hablado de tu Padre que has consumado lo que te trajo a este mundo, hacer posible que en Ti yo le ame con el mismo amor con el que Tú le amas. Cuando invoco a mi Padre, estoy invocando al mismo Padre al que este Hombre ha estado rezando para que yo al fin sea de El y de este Hijo que tanto le he costado. Para Dios el querer y el poder es lo mismo, de suerte para mí que, si el Dios Hombre me quiere con El donde El está allí estoy yo desde ya mismo, con este cuerpo de un hombre de 64 años y un alma inmortal que esperará al final de los tiempos al cuerpo resucitado para ser persona completa que contemple la infinita gloria del Dios que se hizo un Hombre como yo menos en el pecado. Así lo quiere Cristo para mí y así se lo concederá su Padre y mi Padre porque nos amó a los dos antes de la creación del mundo.
Jn 17,25 Padre Justo; y el mundo no te conoció. Mas Yo te conocí; y éstos también conocieron que Tú me enviaste.
Lo dice tu Hijo el Predilecto y lo dice este hijo Tuyo de hoy. El mundo no te conoció y desgraciadamente tampoco te conoce ahora, y ya ves, el mundo se parará cuando Tú lo dispongas. Cristo te dio a conocer, Cristo te da a conocer, Cristo te dará conocer y en El y por El se nos ha dado la incalculable gracia de conocerte y en virtud de este conocerte, amarte hasta la adoración, Padre mío. Al escribir esto, escribo lo que creo, porque si no fuera así me estaría engañando a mí mismo. Yo creo, Padre mío, creo en Ti y en tu bendito Hijo, tu Verbo eterno, al que enviaste al mundo para que hoy otro hijo escriba lo que lees.
Jn 17,26 Y Yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, ¡y Yo en ellos!
Cristo descubrió a su Padre, palmariamente, con claridad meridiana. Solo tenían que mirarle a El para ver al Padre, para ver a Dios. Este es el rostro humano de Dios, el rostro de Cristo. El Amor interminable del Padre, que ni tiene principio ni fin, con el que ama desde la eternidad hasta la eternidad a este Jesús que apreciamos con nuestros sentidos, es una Persona que entendemos como el Espíritu Divino que toma posesión de las almas que creen en Cristo. Este Espíritu está en Dios Padre, está en Dios Hijo, procede del Padre y del Hijo y está y es en nosotros conformando el nuevo yo nacido por la Fe en el Verbo de Dios hecho carne, en Jesucristo, un nuevo ser destinado a compartir la naturaleza divina de un Padre que me ha esperado toda una vida.
Jn 21,25 Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran.
Querida amiga, querido amigo, llegamos al final, así acaba su Evangelio el 4º hombre que te mencioné al principio. Es San Juan Evangelista, el discípulo a quien tanto amaba Jesús. Así acabo yo, que también me atribuyo este orden en la escala de un género humano, cuya gradación la estimé del siguiente modo:
1º.Hombre, Jesucristo, Hijo de Dios, Hijo del hombre.
2º.Hombre, todos aquellos que no le conocen por su cultura y religión.
3º.Hombre, todos los que están al servicio de la Iglesia Católica por vocación y que sostienen los fundamentos del Orbe católico.
4º.Hombre, el ingeniero que suscribe, identificándose con los miles de miles de hombres que no conocen a Cristo adecuadamente, que no practican su Fe, que agotan la vida en tantos quehaceres de este mundo que llegan al final de sus días sin haber amado suficientemente al que les estuvo esperando toda una vida, sin haber bien amado a Jesucristo.
Adiós, amiga mía, adiós, amigo mío, nos vemos y mientras tanto, por favor, quédate con la síntesis de esta reflexión:
“Todo ser humano, con independencia de su raza, creencias o religión, es destinatario de la Misericordia divina, es hijo de Dios, pero solo el hijo que busca a Cristo, que encuentra a Cristo, que cree en Cristo, que ama a Cristo está predestinado a compartir la naturaleza divina de un Padre que le ha esperado toda una vida, que le espera en el Paraíso, un Padre que ya le amó desde antes de la creación del mundo”
Virgen María, Madre mía, pon tú lo que a mí me ha faltado
Ahora ya se quien es Cristo y ahora será El quien me va a preguntar:
Jn 9,35 Oyó Jesús que le habían echado afuera, y habiéndose encontrado con él, dijo: ¿Tú crees en el Hijo de Dios?
El Señor hace barro con su saliva, unta con este barro los ojos de un ciego de nacimiento, le manda lavarse en la piscina de Bethesda y el ciego de nacimiento comienza a ver lo que jamás habían visto sus ojos. A ti y a mí, querida amiga, quizás nos ha pasado lo mismo, porque ahora vemos como jamás habíamos visto. ¿Tú crees en el Hijo de Dios?
Jn 9,37 Díjole Jesús: Le has visto, y el que habla contigo, Él es.
Este versículo está escrito para mí. Ahora, mucho más que cuando comencé a leer esta reflexión, puedo afirmar que he visto y he hablado con el Hijo de Dios.
Jn 9,38 El dijo: Creo, Señor. Y le adoró.
Te amo, Cristo mío, en amor te adoro.
2ª PARTE
Amiga mía, amigo mío, aquí podría acabar esta reflexión que hemos construido seleccionando determinados versículos de solo el Evangelio de San Juan, el Águila de Patmos. No estáis obligados a mantener vuestra atención sobre lo que a continuación voy a exponer, porque, a mi juicio, lo que ahora, si quieres vas a leer, todavía más pondrá a prueba tu Fe y la mía. Es cierto que la materia que sigue es fundamento de la hondura metafísica, filosófica y teológica de muchos de los estudios que se han hecho por grandes hijos de la Iglesia católica, estudios que de tanto provecho han sido para generaciones y generaciones. Esto es verdad, pero no es menos verdad que el Evangelio es patrimonio de toda la humanidad y su entendimiento no solo está reservado a las mentes privilegiadas de hombres y mujeres que han gastado su vida, para bien de muchos, en la exégesis de su escritura, sino que también es palabra de vida para todo el que lo lea con buena voluntad, sin condición de género, raza, cultura, tiempo o lugar de donde se es o se habita.
En el hilo metafórico del título de esta reflexión: Jesús y el 4º hombre, interpreto que cuatro son los hombres a los que hago referencia para desarrollar la 2ª parte de la reflexión que nos ocupa. El primer Hombre, sigue siendo Jesucristo, el segundo hombre es el que representa los millones de seres humanos que todavía no conocen al Hijo de Dios y si no conocen a Jesucristo ¿cómo van a conocer al Padre? Si por la Fe en Jesucristo y el Bautismo se adquiere la filiación divina, si el Hijo de Dios es quien verdaderamente da a conocer al Padre, los que no le conocen ni están bautizados ¿son hijos de Dios? Son hijos de Dios aunque no le conozcan en toda su verdad. En la indefinible medida de su conocimiento, cuando su obrar está en línea con la buena voluntad, vienen a tener el mismo Padre que tiene un cristiano pero con una esencial diferencia. Cuando el no cristiano invoca a su Dios lo reconoce como solo el Ser Omnipotente y divino que creó el mundo, que mantiene el mundo, que existe desde antes del que el mundo viniera a ser, que existirá incluso después de que acabe el mundo y que dará la felicidad, según se entienda por felicidad en la cultura de esta religión no cristiana, premiando la bondad y castigando la maldad. El cristiano, sin embargo, cuando invoca a su Dios, lo reconoce Único con una sola naturaleza pero lo entiende en tres Personas diferentes, entiende la Persona del Padre diferenciada de la Persona del Hijo y a su vez entiende estas dos Personas diferenciadas de la Persona del Espíritu Santo. Entiende que el Padre genera eternamente al Hijo y el Amor entre ambos, lo entiende también como Persona que procede del Padre y del Hijo, es decir sabe de la existencia del Espíritu Santo que es precisamente este Amor Personificado. Cuando el cristiano invoca a su Dios, a su único Dios, centrando su Fe en la Persona del Padre, está invocando al mismo Dios que el no cristiano pero con una sobrenatural diferencia, el cristiano se reconoce hijo de Dios y está apelando a su Padre con la plena conciencia de que es su Padre, del cual nació, recibiendo esencia de su esencia, espíritu de su Espíritu, en virtud de la Fe en el Único Hijo Dios, Jesucristo.
El tercer hombre, está representado en aquellos que ejercen su vocación dentro de la Iglesia Católica, sacerdotes, religiosos, teólogos o laicos que ejercen su oficio profesional al servicio del Magisterio de la Iglesia. Son personas preeminentes dentro de la Iglesia que soportan la tarea de salvaguardar la doctrina de Cristo por los siglos de los siglos. Son los hombres de la Iglesia Católica de los que yo he recibido la Fe y la Doctrina Integral de Jesucristo. Este tercer hombre no es, en principio, el destinatario de esta reflexión.
El cuarto hombre sigue siendo el ingeniero que suscribe, un hombre de la calle que se identifica con los miles de miles de hombres del mundo, creyentes, católicos practicantes o no practicantes, que ejercen su ordinario vivir sin saber que sus actos pudieran tener transcendencia divina, para su bien y el bien de sus familias, del bien de otros muchos. Estos son los principales destinatarios de la reflexión que nos ocupa.
Jn 10,17 Por esto me ama mi Padre, porque Yo doy mi vida, para volverla a tomar.
Después de tanto tiempo caminando por este mundo, he conocido a tantos y tantos hombres… A ninguno le he oído expresar las palabras de este versículo. No he oído jamás a persona sensata que puede dar su vida y posteriormente recuperarla. Dar la vida supone morir y que yo sepa nadie ha vuelto del otro sitio que hay después de la muerte, a no ser que sea Jesucristo, que es el único Hombre al que se le puede atribuir la verdad de estas palabras. Además, manifiesta que su Padre, el Dios de los judíos, el Dios de los cristianos, el Dios de todo ser humano posible, le ama por esta causa, porque da su vida, porque muere, voluntariamente, para después resucitar.
Jn 10,18 Nadie me la quita, sino que Yo por mí mismo la doy. Poder tengo para darla y poder tengo para tomarla otra vez. Esta orden recibí de mi Padre.
Sabemos que Jesús fue crucificado por el poder del imperio romano representado en el gobernador Pilatos, una autoridad cobarde, cuyo proceder, inaceptable, es el de un juez al que todavía el cielo le demanda justicia. Jesús fue muerto por el odio satánico de la autoridad religiosa judaica de aquel tiempo. Para estos romanos y estos judíos, el Hijo de Dios clamaba perdón mientras lo crucificaban: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”. Y ahora, yo me pregunto, a dos mil años de este crimen de “Lexa Majestad”, los judíos de hoy ¿saben lo que hacen, con respecto a Jesucristo, el Hijo de Dios que reconoce como tal la Iglesia Católica? ¿Puede algún otro hombre, que no sea el Mesías, decir con propiedad: “Poder tengo para dar mi vida y poder tengo para tomarla otra vez”? ¿Puede algún otro hombre de este mundo decir que le ha sido ordenado por su Padre Dios dar la vida y tomarla después? ¿A quien esperan los judíos?
Jn 10,27 Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y me siguen,
A la voz de Cristo muchos le hemos seguido por generaciones y generaciones. Nos ha conquistado su mansedumbre, su humildad y su Bendito Corazón en el que caben todos los hombres del mundo. El es el Buen Pastor que dará la vida por su grey, nos conoce a todos y cada uno y nos llama por nuestro nombre.
Jn 10,28 y Yo les doy la vida eterna, y no perecerán eternamente, y no las arrebatará nadie de mi mano.
¿En boca de qué otro hombre podemos escuchar algo parecido a: “Yo soy tu Pastor y tú eres una de mis ovejas preferidas, por ti doy la vida y la vuelvo a tomar para que nadie te arrebate de mi mano. Por ser oveja mía no perecerás eternamente y nadie te arrebatará de mi mano”? Echando la mirada hacia atrás, he buscado en la Historia y no he encontrado a nadie a quien le pueda rendir el entendimiento y la voluntad sino es a este Cristo mío, Jesús de mi alma, en cuyas benditas manos he abandonado mi espíritu. He tenido que hacerme niño, para entenderlo como un adulto, con el corazón de un chiquillo.
Jn 10,29 Mi Padre, que me las ha dado, mayor es que todo, y nadie puede arrebatarlas de mano de mi Padre.
Otra vez, Jesús, menciona a su Padre en público, con toda naturalidad, sin ocultarlo. Este Padre, que lo es, a su vez, de cada oveja de su grey, nos ha llevado de su mano al redil que es la Iglesia de su Hijo. A poco que no pongas resistencia a la acción de este Padre y de este Hijo te verás protegido del permanente desafío del mundo, de la carne y del mismo Satanás que busca, como Lobo insaciable, la yugular de las ovejas que se ponen a su alcance.
Jn 10,30 El Padre y Yo somos una misma cosa.
Amiga mía, amigo mío, ¿has leído bien este versículo?, ¿tienes constancia de que se le haya atribuído a algún otro hombre de la historia que hasta ahora conoces?, ¿le darías crédito a cualquier otro hombre que pronunciase esta frase?, ¿entiendes lo que se quiere asegurar con semejante afirmación?, ¿sabes que este Padre es el Dios de los judíos, de los cristianos, de todo creyente monoteísta?, ¿sabes que este Padre es el Dios que te creó? Pues, según la categórica y contundente interpretación racional de la frase, el que la pronuncia, Jesucristo y el Dios Padre al que hace mención, son la misma cosa, es decir, el Hombre que vieron, que tocaron y oyeron los protagonistas del Evangelio que nos ocupa, es el mismo Dios en el que nos movemos y existimos. ¿Lo crees?
Jn 10,37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;
Si lo crees, este versículo no se ha escrito para ti. Si no lo crees, ¿me puedes razonar que son para ti los milagros, que suspenden la naturaleza, estos mismos, hechos portentosos, que has entendido con la lectura del Evangelio, que fueron realizados por Jesús a la vista de muchos? Si pudieras desandar el tiempo, querida amiga, querido amigo, verías, con tus atónitos ojos, las maravillas que se han descrito en el Evangelio, también serías testigo de la patética figura de este Hombre clavado en un palo en forma de Cruz, verías la no menos patética figura de su Madre, es cierto, pero a poquito que esperes, también serías testigo, de lo que jamás se hizo hasta ese tiempo en el que te has ubicado con la imaginación, de un asombroso milagro, consumado por propia iniciativa del que a su vez se entregó a la muerte, la Resurrección de Jesucristo.
Jn 10,38 mas si las hago, ya que a mí no me creáis, creed a las obras, para que sepáis y entendáis que mi Padre está en mí y Yo en mi Padre.
No necesitas que te recuerde los hechos sobrenaturales que has contemplado en el Evangelio. Fueron ejecutados en el tiempo y en el espacio que como tales entendemos los humanos, además fueron de pública constatación de muchos, no se hicieron en privado, recuerda lo que dicen aquellos que los contemplaron: “¡Hoy hemos visto cosas increíbles!”( Lc 5,26) Jesucristo es un Hombre que me está interpelando al entendimiento, a la voluntad, al corazón, y lo está haciendo con unas palabras sorprendentes, como nunca se habían oído: “Jamás hombre habló así, como Este hombre.” (Jn 7,46). Muy bien, yo puedo escuchar a Cristo y no aceptar, en principio, su palabra, pero ante la contundente evidencia de los hechos sobrenaturales con las que están asociadas, la razón se pone a deliberar y se concluye con que, efectivamente, estoy ante una Persona que no es de este mundo. Ahora entrará en juego la voluntad. La razón ha entendido perfectamente, pero ahora falta que yo le de crédito divino al Hombre que me está demandando, con un atractivo inexplicable, la Fe en su Persona y en su Mensaje: ¿Tú crees en el Hijo de Dios? (Jn 9,35). Forzando la voluntad, no queriendo porque no quiero, “No creo en Ti”. Esto, inexplicablemente, se da en un supuesto ciego al que también se le abren los ojos y con ellos abiertos, mirando cara a cara a Aquel que con infinito amor le ha dado la vista, le contesta: “Te veo, me has dado la luz, pero yo no te la he pedido, no quiero agradecerte nada, no te reconozco como Hijo de Dios”. ¡Ojo!, amiga mía, amigo mío, que este es el destino del que este destino quiere, vivir eternamente en eterna desesperanza. Y no son pocos. ¿Me comprendes? Por el contrario, el ciego que ha abierto los ojos, sin pedirlo, como el ciego de nacimiento del Evangelio, y se encuentra con el rostro de Cristo que le demanda la Fe en su Persona, si cree ha salvado su vida: Creo, Señor. Y le adoró.(Jn 9,38)
Jn 11,24 Dícele Marta: Sé que resucitará cuando la resurrección universal el último día.
Sin perder el orden cronológico en el Evangelio de San Juan, en el que se ha fundamentado la reflexión que nos ocupa, ya próximos a la Pasión de Jesucristo, somos testigos de una dramática escena, la muerte y la resurrección de Lázaro en Betania. Recomiendo la lectura del artículo “MORIR Y RESUCITAR DOS VECES”. Lázaro ha muerto y ya hace cuatro días que está enterrado. Tú y yo sabemos que, normalmente, un cadáver enterrado cuatro días ya está putrefacto y si te acercas, lo que verás son gusanos blanquecinos saliendo de los orificios del cadáver y percibirás un hedor insoportable, en breve solo quedan huesos y un poco después solo un pequeño montón de polvo. Jesús conoció, sobrenaturalmente, el fallecimiento de Lázaro, se llegó a Betania pasados cuatro días y Marta le echó en cara que si hubiera estado allí, cuando le mandaron aviso, no hubiera dejado morir a su amigo Lázaro. Cristo le asegura que resucitará su hermano y Marta, como tú y como yo, entiende que sí, que su hermano resucitará, pero al final de los tiempos. Su entendimiento, el tuyo y el mío, no admite la posibilidad de la inminente resurrección de los despojos de un difunto.
Jn 11,25 Díjole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aun cuando se muera, vivirá;
Así, de primeras y antes de ser testigo del portentoso milagro que se va consumar, sin conocer a Jesucristo, la interpretación de estas palabras dichas por un Hombre son más que comprometidas para la razón humana y están en la misma línea de descoloque mental que produjeron otras, también pronunciadas por el mismo Hombre: “…el que come mi carne no conocerá la muerte”.
Jn 11,26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
El que vive y no ha querido creer en Jesucristo, cuando se muera, muerto queda para siempre. El que vive y cree en Jesucristo, cuando se muera no morirá para siempre, la vida eterna que ya tenía, por su Fe en Jesucristo, antes de expirar, subsiste al otro lado del morir, por lo que el morir no es el fin para el cristiano. ¿Se entiende esto? ¿Qué otro hombre ha podido ofrecer semejante promesa? ¿A qué hombre se le puede seguir si, por sí mismo, pronunciara estas palabras? ¿Qué crédito le daríamos? A la altura del Evangelio que llevamos leído, aquí, emplazo a la lectora o al lector que se dice no creyente. Después de ser testigo, finalmente, de la resurrección de un cadáver corrompido, de la resurrección de Lázaro, le pregunto: ¿qué razonamiento me das para que sigas siendo incrédula o incrédulo? Si no me contestas, quizás esto sea bueno porque estés ya dudando sobre la incongruencia de tu actitud ante la doctrina de Cristo. Si me contestas que he despertado tu Fe me habrás pagado, con creces, la fatiga de estas horas, de estos días, consumidos para ti. Si por el contrario, permaneces en tu actitud y te ocultas de esta maravillosa Luz, es que, posiblemente, tus obras no son buenas y no deseas que se conozcan, es que, posiblemente, ya tienes escogido, voluntariamente, tu destino final, un desconocido destino que no concluye en los brazos de tu Padre Dios, de este Padre Dios del que Jesucristo asegura y certifica con sus obras ser su Hijo y además ser una sola cosa en El y con El. ¿Me has comprendido?
Jn 13,3 sabiendo que todas las cosas las entregó el Padre en sus manos y que de Dios salió y a Dios vuelve,
Sin salir del Evangelio de San Juan hemos podido apreciar con qué divina espontaneidad y confianza Jesucristo se presenta como el Único Hijo de un Padre que no es ni más ni menos que el Dios de los judíos, este Dios que habló con Moisés como se habla con un amigo. Los judíos están escuchando, alucinados, con qué desparpajo este Hombre, Jesucristo, hace referencia de este Dios, afirmando, contundentemente, que es su Padre, un Dios que está en Espíritu, en el “Santa Santorum” del Templo de Jerusalén, un Dios al que ellos adoran, el Único Dios, el Dios Creador de todo lo creado, el Dios de Abrahán, el Dios de los Patriarcas, el Dios de los Profetas, el Dios del pueblo de Israel, el Dios del cielo y de la tierra. Nadie, que haya leído y razonado el Evangelio, puede dudar de que su Protagonista, Jesucristo, se presenta con una inequívoca credencial divina afirmando categóricamente que El es el Único Hijo de Dios, que Dios es su Padre. Pues bien, este Jesús de Nazaret que se encamina hacia su Pasión, con pleno conocimiento de que esto es lo que quiere su Padre, ya sabe que va a morir muerte de Cruz, como sabe que todas las cosas las puso su Padre Dios en sus manos, que de su Padre salió y a su Padre vuelve pasando por la ignominia, el supremo abandono y la muerte. Antes de partir quiere reunirse con sus discípulos en la Última Cena. “…como hubiese amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1) Si este versículo, escrito en griego, se pudiera traducir en el sentido literal, comprobaríamos que lo que San Juan escribió se ajusta más a la siguiente frase: “…los amó hasta la locura”.
Jn 14,2 En la casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así os lo hubiere dicho; pues voy a prepararos lugar.
Jesús ha lavado los pies a sus discípulos, Judas, el traidor, es descubierto y abandona el Cenáculo y se dirige hacia su desesperación. El Señor se va y a donde El va no le podrán seguir, por ahora, sus amigos. ¿A dónde va el Maestro? El Maestro vuelve a la casa de su Padre, un sitio donde hay muchas moradas, Jesús va a preparar lugar a los suyos.
Jn 14,3 Y si me fuere y os preparare lugar, otra vez vuelvo y os tomaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis también vosotros.
Ese lugar está fuera de este mundo y para llegar a el, Cristo tendrá que morir, y una vez en ese lugar, durante tres días, preparará el hogar definitivo de sus amigos. Resucitará al tercer día, volverá al encuentro de los suyos y los tomará consigo para que donde El está estén también todos los que le han amado. ¿De qué otra forma se puede interpretar estas palabras de Cristo?
Jn 14,6 Dícele Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Jesús está hablando del cielo, Tomás, los demás Apóstoles y quizás, tú y yo, no se nos ocurre otra observación que decir: Pero… ¿A dónde vas, Maestro?, si no sabemos a dónde te diriges ¿cómo vamos a conocer el itinerario? Yo soy el único Camino que conduce al Padre, no hay otro camino. Yo soy la Verdad, la única Verdad fuente de todo lo verdadero que hay en el mundo. Yo soy la Vida, la única Vida que genera una existencia inmortal para aquel que en mí cree. El Hombre que estoy oyendo, otra vez, me ha puesto a deliberar. Vuelve a hacer mención del Dios eterno, Creador de todo lo creado y me lo presenta como Padre Suyo y Padre mío, me asevera categóricamente que nadie puede llegarse al Padre si no es de su mano, por Él. A nadie le es posible conocer, verdaderamente, el camino que lleva al Padre si Cristo no lo conduce, es más, nadie conoce al Padre sino aquél a quien Cristo se lo quiera revelar. Y si no se conoce a Cristo, si no se le quiere conocer, si aún conociéndolo no se quiere creer en El ¿cómo conocer al Padre? Y si a una Persona no se le conoce ¿cómo se le puede amar? Si no se le ama ¿cómo se puede llegar a ella? El Paraíso, la cumbre de la felicidad, es el lugar donde se goza de la presencia de Dios, pero en realidad esto es una añadidura a lo que verdaderamente es la suprema bienaventuranza, que no es otra cosa que el eterno e ilimitado ejercicio del amor sin medida entre dos personas, la Persona de tu Padre Dios y tu propia persona. Este amor al que estamos destinados, es un misterio para nuestra razón porque al amar a una determinada Persona de la Trinidad estoy amando a la vez a las otras dos con la misma intensidad. Para los que no creen o mejor dicho los que no quieren creer lo que creen porque no quieren amar lo que podrían amar si así lo quisieran, ¿a qué Paraíso aspiran? Cumplidos los días, que tiene contados, en este mundo, ¿qué les espera a la otra orilla, donde empieza la eternidad?
Jn 14,9 Dícele Jesús: Tanto tiempo estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto, ha visto al Padre: ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre?
Felipe será otro de los discípulos que interrumpe al Maestro. Asistimos a una Cena con doce judíos, Jesús y once de sus discípulos, porque Judas ya se ha marchado, que van a celebrar la Pascua. Doce hombres y uno de ellos es también Dios. Desde el principio de esta entrañable reunión de amigos ha sido mencionada la Persona del Padre varias veces. Uno de estos hombres, Jesús, habla de El con divina propiedad, con el rasgo peculiar de quien se reconoce Persona divina de la misma naturaleza que su Engendrador. Los otros hombres, judíos, reconocen a ese Padre como el único Dios, como única Persona divina, Creador de todo lo creado, de todo el universo, pero todavía no se han percatado del Misterio Trinitario que descubrirán a partir de Pentecostés. Felipe le pide a su Maestro que le muestre físicamente al Padre, que él y los demás lo puedan ver con sus ojos y Jesús, decepcionado, se sorprende con la súplica de su discípulo: ¿Todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto ha visto al Padre. Felipe, frunce el ceño, baja los ojos y desconcertado no sabe que decir, no sabe que entender, no entiende nada. A ti y a mí nos puede ocurrir igual. Quién ve a Cristo ¿está viendo al Padre? ¿Cómo se entiende esto?
Jn 14,10 ¿No crees que Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí? Las palabras que Yo os hablo, de mí mismo no las hablo; mas el Padre, que en mí mora, Él hace sus obras.
Pues, por la Fe en la Persona que me ha acreditado una sabiduría como jamás se ha visto en ningún otro hombre, un poder sobrenatural capaz de suspender las leyes de la naturaleza, una palabra llena de vida, espíritu y verdad, como nunca otro la haya hablado. Manifestar que el Padre Dios, ese Dios Único, en el que solo creían los judíos, moraba en El y que en definitiva las obras del Hijo eran las obras de este Dios Padre, es decir, que era el Padre quien hacía los milagros en el Hijo, con el Hijo y por el Hijo, era certificar que Jesucristo era tan Dios como su Padre, un Hombre que se arrogaba la naturaleza divina. ¿Qué otro hombre puede afirmar tales palabras?
Jn 14,11 Creedme, que Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, por las obras mismas creedlo.
Los discípulos, cada vez más anonadados, tenían la mirada fija en el rostro de su Maestro. Contemplarían el gesto de un Hombre que les está suplicando, con vehemencia, que le crean, que por favor, den crédito a sus palabras y si estas no fueran, a pesar de todo, convincentes, que por lo menos le creyeran por las obras, por los milagros que provocaron el estupor de sus inteligencias.
Jn 14,19 Todavía un poco, y el mundo ya más no me ve; pero vosotros me veréis, porque Yo vivo y vosotros viviréis.
Al día siguiente, Jesús, será ajusticiado de la manera más horrorosa, con la muerte más tremenda, morirá tetanizado, clavado en un palo, el mundo ya no le verá más, pero estos atónitos amigos si le volverán a ver, resucitado y en un estado en el que el tiempo y el espacio no limitaba su naturaleza humana resucitada. Cristo dice vivir ya una vida sempiterna que es esa misma vida que ellos vivirán, una vez consumada la Redención del género humano, de aquí a poquitos días.
Jn 14,20 En aquel día conoceréis vosotros que Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y Yo en vosotros.
“De aquí a poquito tiempo comprenderéis, del todo, que Yo estoy en mi Padre Dios, además os será evidente y palpable, comprenderéis que vosotros estáis en mí y Yo en vosotros”. Estas palabras de Hombre, las oían, con cierta tristeza, otros hombres, los de esa hora y después los de una generación que las ha transmitido a otra generación, y otra, y otra, hasta nuestros días. ¿A qué otro hombre le puedo entender que está en mi y yo en él?
Jn 14,23 Si alguno me amare, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y a él vendremos y en él haremos mansión.
Ahora, somos tú y yo, querida amiga, querido amigo, los destinatarios de semejantes palabras. Dios Padre está aquí, en Espíritu y Verdad, captamos que más que leer estamos rezando. Me siento removido en mi alma, he querido entender el significado de este versículo. Con la Fe que me asiste, trato de razonar y meditar, en silencio. ¿Amo a Cristo? ¿Guardo su palabra? Pues yo creo amarlo porque si no lo amara ¿Para quién estoy escribiendo esta reflexión? Y si tú, amiga mía, amigo mío, no lo amas ¿para qué seguir leyendo? Le amamos y hemos guardado su palabra o hemos querido guardarla en la medida de nuestro propósito y condición. La hemos guardado, queremos guardarla y en última instancia queremos querer guardarla. Y ¿qué ha pasado? Pues… que por esta disposición de nuestra voluntad somos objeto del amor, ni más ni menos que, del mismo Padre de Jesucristo, del mismo Dios que nos ha dado la vida y nos la sostiene, la misma que le entregaremos cuando Él lo tenga dispuesto. Y ¿dónde está este Padre y este Hijo? Pues… este Padre y este Cristo mío, Jesús de mi alma, están en ti y en mi, amiga mía, amigo mío, están y son donde yo estoy y yo soy, están en la médula de la esencia que me define como soy y quien soy. ¿Se entiende esto?
Jn 15,1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Labrador.
Con esta alegoría, Cristo quiere hacerse entender por aquellos discípulos y por todos los hombres que hayan tenido la oportunidad de leer estas palabras. Cristo dice ser la Vid verdadera, una Vid repleta de sarmientos y estos sarmientos serán todos los hombres posibles, todos. Su Padre es el labrador, un labrador activo, es decir un labrador que se preocupa por todos y cada uno de los sarmientos de esa Vid Verdadera, un Padre que “siente y padece” en su procurar divino para que su sarmiento, su hija, su hijo, tú y yo, demos mucho fruto.
Jn 15,2 Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo arranca; y todo el que lleva fruto, lo poda, para que lleve fruto más copioso.
Un hombre que no conoce a Cristo no puede dar fruto, esto es comprensible, pero un hombre que conoce a Cristo, que se dice cristiano y no lleva fruto es el resultado triste de una triste vida que le será arrebata por el labrador, por el Padre Dios, cuando menos se lo espere.
Jn 15,3 Ya vosotros estáis limpios, en virtud de la palabra que os he hablado.
Para Dios, para Cristo, estos once hombres ya estaban limpios en virtud de la palabra que El mismo les había hablado y ellos escuchado, aunque no la entendieran. Esa limpieza les viene dada por la purificación que en sí misma tiene la palabra de Cristo, una purificación que actúa en el espíritu del oyente aunque este no vislumbre el fondo sobrenatural del discurso divino.
Jn 15,4 Permaneced en mí, y Yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto en sí mismo si no permanece en la cepa, así tampoco vosotros, si no permaneciereis en mí.
Por la Fe, Dios promete, que un día determinado, en este mundo, conoceremos que El está en mí y en ti. Cuando ya se tiene conciencia de esta inmanencia de Cristo en nuestro propio yo, la propia dinámica del ejercicio de la vida pondrá, permanentemente, a prueba el amor con el que Cristo nos sale al encuentro en nuestro caminar hacia la casa del Padre. Ya he encontrado a Cristo, muy bien, ahora, mi tarea, que no es fácil, es permanecer en El y darle cobijo en mi alma, en el más limpio e íntimo aposento de mi espíritu, en ese más noble lugar de mi yo que solo puede ser ocupado por El y por nadie más. Este es el fruto tuyo y mío que podemos brindar a los de dentro y a los fuera de mi casa, al mundo entero, un fruto que es una feliz realidad, que no he generado por mí mismo, es un fruto que hace mucho bien porque este sarmiento permanece y vive de su Cepa que es Cristo.
Jn 15,7 Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, cuanto quisiereis pedidlo, y lo obtendréis.
Amiga mía, amigo mío, Dios ni se engaña ni nos engaña. No hay que dislocar la interpretación del texto de este versículo. Este dice lo que dice, lo que tú y yo estamos leyendo. ¿Qué lees? ¿Qué entiendes? Yo entiendo que si encuentro a Cristo, si permanezco en El y a su vez, El y sus palabras permanecen en mi, todo lo que quisiere pedirle lo obtendré. ¿Todo? Pues si… ¡Todo! Cuando uno lleva al mismo Jesús viviendo su propia vida no puede pedir otra cosa que aquello que El, Cristo, quiere pedir. Y ¿qué puede pedir Cristo? Cristo solo busca glorificar a su Padre, glorificarlo con su propia vida y la vida de su sarmiento que en definitiva solo tiene la vida de la Vid de la cual recibe la savia de la que se nutre permanentemente. ¿Qué pido?, ¿cómo lo pido?, ¿cuándo lo pido?, ¿en dónde lo pido?, ¿por qué lo pido?, ¿para qué lo pido?, ¿para quién lo pido? Todas estas preguntas quedarán respondidas si se pide como pedía Santa Teresa de Jesús: “Señor, concédeme lo que te pido, si conviene, y si no conviene haz que convenga”. Pedir como pidió la Virgen María es más que seguro que se consigue lo que se pide. ¿Cómo pidió María? Con solo enterar a su Hijo de un contratiempo: “No tienen vino”. Después esperar solo a que la Misericordia haga lo demás. ¿Me comprendes?
Jn 15,8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis fruto abundante; con esto seréis discípulos míos.
Nuestro último y más sagrado fin es glorificar al Padre de Cristo, a este Padre mío y tuyo, querida amiga, querido amigo. Nuestro fruto abundante, sobre todo, tiene un destino, la glorificación de este Dios que ahora reconozco en la Persona del Padre. Y ¿cuál es mi paga?, mi paga es ser discípulo de mi Señor, mi paga es mi propio Señor, porque para mí y para ti, Jesucristo es, con el Padre y el Espíritu Santo, mi único Dios, la conclusión de mi existir.
Jn 15,9 Como me amó el Padre, también Yo os amé; permaneced en mi amor.
El Padre amó al Hijo ilimitadamente, sin medida, este amor no cabe en nuestra razón. Con ese mismo amor, el Hijo, que también es Persona divina, nos amó, desde la eternidad, desde que pensó en ti y en mí. Este vocabulario humano se llega a nuestros oídos articulado con la palabra humana de un Hombre que es, ni más ni menos, que Dios. Este Dios, que es Amor, nos está pidiendo que permanezcamos en El.
Jn 15,10 Si mis mandamientos guardareis, permaneceréis en mi amor: como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
Y ¿Cómo permanezco en ese amor? Pues fijándome en sus actos y en sus palabras, en su vida, la que por privilegio divino hemos encontrado en el Evangelio. No hay otro Libro, solo este, que incluso llega a tus manos redactado en primera Persona, es decir, redactado por el mismo Cristo: AUTOBIOGRAFÍA DE JESUCRISTO. Como Cristo guardó los mandamientos de su Padre Dios y permanece en El, tú y yo, guardando los mandamientos de este Hijo de Dios, de tu Dios y mi Dios, permaneceremos en su amor.
Jn 15,13 Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos.
Y ¿qué tributo pagará este Dios por este amigo? Pues el precio es inaudito, no lo comprendo. ¿Cómo puede dar este Hombre su vida por este gusano? Nadie me ha ofrecido amor más grande por conquistar mi alma. Y cuando pienso que esto ha sido así, que esto se ha consumado en el tiempo y el espacio del hombre, por mí y para mí, me quedo estupefacto, yo no puedo valer tanto y sin embargo Alguien me ha valorado más que yo me valoro a mí mismo. Yo no daría mi vida por mí y sin embargo este Cristo mío, este Jesús de mi alma, que se dice Amigo mío, me ha rescatado con su vida, muriendo muerte de Cruz, en una agonía espeluznante. ¿Qué vale un hombre para Dios? ¿Qué vale el hombre para el hombre?
Jn 15,14 Vosotros sois mis amigos, si hiciereis lo que yo os mando.
Tengo una deuda que no podré pagar nunca, me parece imposible resarcir a mi Dios de tan desmesurado desprendimiento hasta llegar a la muerte por mí. ¿Cómo no voy a ser amigo Tuyo, Amado mío? Yo no valgo nada y valgo tu vida. ¡Qué contraste, Dios mío! Un amigo mío, que fuera como yo, no sería mi amigo. ¿Qué has visto en mí para cambiar tu vida por la mía? La eternidad me queda pequeña para desagraviarte por mi ingratitud y la ingratitud de los hombres de todos los tiempos. ¿Qué me pides? ¿Qué sea tu amigo? ¿Qué he de hacer? ¿Hacer lo que me mandas? Mándame, Dios mío, lo que quieras y a la vez haz por mí lo que me mandas.
Jn 15,15 Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su señor; mas a vosotros os he llamado amigos, pues todas las cosas que de mi Padre oí os la di a conocer.
Si has llegado hasta aquí y has acogido estas mi pobres palabras, sentirás lo mismo que siento yo. Este versículo está escrito para mí y para ti. Dice Dios que todo me lo ha dado a conocer y ese todo no es, ni más ni menos, que el Evangelio redactado en forma autobiográfica. ¿Qué otro libro me puede dar a conocer mejor a Jesucristo que su propia Autobiografía? Yo he sido el lapicero y mi Dios así me ha usado, de mí no he puesto nada porque solo he ordenado los versículos de los Evangelios en orden cronológico y estos están escritos al dictado del Espíritu de Jesucristo que no es otro que el Espíritu Santo. ¿Qué siento yo? Pues yo siento y comprendo que ningún otro hombre me ha dado a conocer al Padre Dios, solo Jesucristo, Hijo de este Padre que a su vez es Padre mío, me lo ha hecho percibir como un Ser real que, precisamente, lo descubro en mi ordinario vivir como un Padre tan cercano como yo lo quiera tener, un Padre Omnipotente que está permanentemente ejerciendo su Misericordia sobre este hijo suyo que le ha costado, ni más ni menos que, la vida de su Predilecto, Jesucristo. ¿Qué siento yo? Pues yo siento y asumo lo que mi Dios me ha concedido sin que yo lo merezca, ser amigo de su alma como El es Amigo de la mía.
Jn 15,16 No me escogisteis vosotros a mí, antes yo os escogí a vosotros, y os destiné para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidáis al Padre en nombre mío os lo dé.
Está claro que la iniciativa la ha llevado mi Dios. El me eligió para ser su amigo. Esta es mi mayor honra. Pero un amigo de este Hombre, en este mundo, está más que comprometido, un cristiano debe llevar fruto, necesariamente, un fruto que, fundamentalmente, no es otra cosa que el cumplimiento del deber en su estado. Un amigo de Cristo lleva el buen olor de su Amo y a donde vaya se le nota. Dará ejemplo y glorificará a su Señor en la medida que su fruto sea más abundante para bien de muchos, de aquellos que conoce y de los que no conoce, porque el beneficio de sus buenos actos le trascenderán en el tiempo, permanecerán “sine die”, sin fecha de caducidad. ¿Qué otra interpretación le puedo dar a la última frase de este versículo? Ser amigo de Cristo supone adquirir una facultad inconcebible, en la razón de un hombre, supone rendir la Omnipotencia del Padre de todo lo creado a la voluntad de un amigo de Cristo que le pida el universo en nombre de su Hijo. Todo depende de mi Fe. Creer, sin ninguna duda, en lo que se pide, supone lograr en el acto lo que se ha pedido.
Jn 15,19 Si del mundo fuerais, el mundo amaría lo que era suyo; mas pues no sois del mundo, sino que Yo os entresaqué del mundo, por eso os aborrece el mundo.
No es posible ser amigo de Cristo y del mundo. Amar a Cristo es ser otro Cristo el mismo Cristo, y como ya sabemos, Cristo no es de este mundo, por tanto ni tú ni yo, querida amiga, querido amigo, aunque me está costando escribirlo, somos de este mundo. ¿Cómo entender esto? El mundo no puede amar a un cristiano porque le pone en evidencia. Las obras del mundo, son malas, sin embargo las del buen cristiano son buenas y este contraste le es adverso a quien vive de espaldas a Dios. Si embargo el cristiano no desprecia al mundo, al contrario, lo ama apasionadamente como medio para alcanzar su último destino, el Paraíso, que no es otra cosa que ejercer el amor sobre Cristo, en su más acabado cumplimiento, durante toda una eternidad. Para el cristiano su premio es Cristo.
Jn 15,23 Quien a mí me aborrece, también aborrece a mi Padre.
¿Cómo se puede aborrecer al Hombre que se ha dejado asesinar por ti? ¿Cómo se puede aborrecer a un Hombre que pasó por el mundo haciendo el bien? En los tiempos de Cristo, el poder religioso se atribuía la moral judaica y precisamente, como se lee en el Evangelio, esta autoridad no tenía ninguna moral. Adán y Eva cometieron un pecado tremendo, tan grande como para transmitir sus efectos sobre toda la generación humana, pero, a mi juicio, el pecado de las autoridades judías de los tiempos de Cristo consumó un Magnicidio de infinita transcendencia. No hay otro pecado mayor. Por supuesto que no todo el pueblo judío es responsable de tan abominable acto de perversa locura, sin embargo en el seno de este pueblo se dio la más infame de las muertes al más bello de los hombres, al Hijo de Dios, al Hijo de un Padre que contemplamos llorando, desde la razón humana, por este nefando acto de maldad infinita, precisamente consumado por su pueblo escogido, lágrimas divinas de infinita amargura. ¿Quién no conoce la historia de este pueblo de dura cerviz? Aborrecer a Cristo es lo mismo que aborrecer a su Padre, al Dios que con un soplo eliminaría toda la vida que existe en el Universo. ¿Hasta cuando, Dios mío, te esperará el pueblo de tus entrañas?
Jn 15,24 Si no hubiera Yo hecho entre ellos obras cuales ningún otro hizo, no tuvieran pecado; mas ahora las han visto, y han aborrecido así a mí como a mi Padre.
Aquella generación judía, aquel pueblo, fue testigo privilegiado de unos hechos portentosos como jamás se habían visto y como ya más se verán hasta el final de los tiempos. Las vieron y no creyeron en la Persona que los consumó, un Hombre que entre otros realizó, con pública concurrencia, que da mayor crédito a su historicidad, los siguientes milagros:
I.(Jn 2,1-11) Convirtió 600 litros de agua, que es una sustancia líquida, inodora, insípida e incolora en pequeña cantidad y verdosa o azulada en grandes masas, que está formada por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, en 600 litros de vino, que es una bebida alcohólica que se obtiene del zumo de las uvas exprimidas, cocido naturalmente por fermentación. Puedo asegurar que este vino sería el mejor vino posible, el más exquisito caldo que jamás haya gustado el paladar más exigente. ¿Conoces a alguien que haya hecho semejante cambio en la naturaleza de una cosa para ser otra cosa? La esencia es un conjunto de características necesarias e imprescindibles para que algo sea lo que es. Cristo cambió la esencia del agua en esencia de un excelente vino. ¿Cómo lo pudo hacer? El ejercicio de toda la ciencia humana, que se conoce hasta el día de hoy, tratando de cambiar el agua en vino, no haría posible lo que Jesús consiguió, en el acto, solo porque lo quiso, sin mover una pestaña, al imperio de su Voluntad Divina.
II.(Jn 4,46-54) El hijo de un funcionario real estaba enfermo, dice el Evangelio que era una enfermedad de muerte, este era el diagnóstico de los facultativos de la época. El funcionario, que vivía en Cafarnaúm, se llega a Jesús, que estaba en Caná de Galilea, y le implora que baje con él a Cafarnaúm y cure a su hijo porque se le muere. El funcionario cree en el poder de curación de Jesús siempre y cuando, personalmente, el Taumaturgo toque a su hijo, esté presente en el habitáculo donde el niño agoniza. Jesús le echa en cara su falta de fe, la misma que le pone a prueba cuando le asegura, en ese instante y a distancia, que le ha escuchado y en virtud de su querer y poder el niño se ha curado, sin hacer ningún signo externo, sin ninguna señal espectacular, sin aparatosa invocación al cielo, simple y llanamente por virtud de su Voluntad Divina. ¿Conoces a alguien que haya curado, a un niño enfermo y agónico, en el acto, con solo quererlo y a distancia?
III.(Jn 5,1-18) El siguiente milagro que nos relata el Evangelista San Juan ocurre dentro de un lugar, una edificación con cinco pórticos situada en Jerusalén, cerca del Templo, en la cual había un estanque rodeado por una muchedumbre de enfermos e impedidos que creían en el poder curativo de estas aguas cuando en ocasiones eran agitadas por algún hecho sobrenatural, de suerte que el primero que entraba en ellas, después de la agitación, quedaba curado. Entró Jesús, en este lugar y vino a fijarse en un hombre que yacía en el suelo, paralítico. Conoció que este hombre llevaba allí mucho tiempo y así era, porque el Evangelista nos dice que este hombre sufría esta enfermad ya treinta y ocho años. Jesús se acerca a este hombre y le pregunta si quiere curarse. El paralítico le dice que sí y le da sus razones de por qué todavía no está curado. Ni se imagina que el Hombre con el que habla le va a curar en el acto. Así fue, al mandato imperativo de Cristo este hombre sanó de inmediato, se levantó, tomó a cuestas su camilla y se marchó a su casa. ¿Conoces a alguien que haya curado, en el acto, a un enfermo tetraplégico, durante treinta y ocho años?
IV.(Jn 6,1-15) Al final del segundo año de predicación pública, en un paraje determinado, Jesús alzó la vista y vió una gran muchedumbre que venía hacia El. Sintió pena de esta gente, el día estaba avanzado y se dispone a ejecutar un milagro impresionante. Pregunta a sus discípulos de qué viandas se dispone, cinco panes y dos peces, le responderán. Mandó que la multitud se sentara sobre la hierba de aquel campo y bendiciendo estos panes y peces, dando gracias, comenzaron a multiplicarse, inauditamente, en sus manos y en las manos de sus discípulos que los repartían, hasta saciar a una multitud, posiblemente, superior a diez mil personas, hombres, mujeres y niños. Lo mío es hacer números, querida amiga, querido amigo y si ahora hago un pequeño cálculo te diré que, si cada comensal, para calmar su apetito, ingirió de media entre 500 y 700 gramos, resulta que estamos ante la sorprendente cifra de entre 5 y 7 toneladas de pan y pescado. ¿Lo entiendes bien? Si, si, los cinco panes y dos peces se convirtieron entre 5.000 Kg ó 7.000 Kg de alimentos, que fueron distribuidos, también con milagrosa celeridad, porque la tarde iba cayendo. ¿Qué te parece? Te aconsejo que leas el artículo: VINCULACIÓN RAZONADA DE DOS DE LOS MILAGROS MÁS IMPORTANTES DE JESUCRISTO. Ahora, yo te pregunto: ¿Conoces a alguien que haya materializado semejante prodigio o algo parecido?
V.(Jn 6,16-21) En el día de este acontecimiento contemplado por más de diez mil testigos (¿puede negarse su historicidad?), cuando ya se hizo de noche, los discípulos de Jesús se embarcaron para cruzar el lago, Jesús no iba con ellos, y en esto se encrespó el mar y remaban con fatiga sin avanzar mucho. De pronto ven a Jesús que caminando sobre las aguas, sobre este mar encrespado, se acercaba hacia ellos, sintieron pánico, Jesús les dice: “No tengáis miedo”. Creen ver un fantasma y Pedro grita: ¡Si eres Tú, Señor, mándame ir a Ti sobre las aguas! Y el Señor le dirá: ¡Ven! Pedro comenzó a caminar, también sobre la mar gruesa, se acercaba a Jesús, pero, sintiendo el viento recio, le entró miedo y se hundía. ¡Señor sálvame! Y al punto, Cristo extendió la mano lo agarró, subieron a la barca y amainó el viento. Además de estos dos hombres ¿Conoces a alguien que haya caminado sobre el mar encrespado por un fuerte viento?
VI.(Jn 9,1-41) Caminamos hacia el final del tercer año de la vida pública de Jesús y asistimos a otro portentoso milagro del Hijo de Dios hecho Hombre sobre otro hombre, una persona ciega de nacimiento. ¿Ciego de nacimiento? Si, que no había visto nada en su vida. ¿Cuál es la causa de una ceguera de nacimiento? En clave médica, una de las cusas de este no ver nada, es consecuencia de una Fibroplasia retrolental por la cual se produce un trastorno en el desarrollo de las vasos sanguíneos retinales del bebé y su forma severa se caracteriza por la proliferación vascular retinal, desprendimiento de retina y ceguera irreversible ya antes de nacer. El ciego de nacimiento puede imaginar de manera muy sui géneris la realidad de las cosas. Ha habido numerosas indicaciones de sueños visuales en sujetos ciegos de nacimiento, éstas estaban basadas en declaraciones subjetivas, difíciles de demostrar objetivamente. Un ciego de nacimiento puede soñar que ve pero cuando se le pide que describa su sueño dichas personas recordaran algún contenido visual en sus sueños (además de componentes táctiles o auditivos), que pueden describir verbalmente, también son capaces de hacer representaciones gráficas de su contenido, en forma de dibujos esquemáticos parecidos a palmeras, soles, nubes, e incluso figuras humanas, aunque de formas muy sencillas y muy lejos de la realidad. Pues bien, Jesús, pasando, vió a un hombre ciego de nacimiento y sin que él se lo pida, se acerca, escupe en tierra y hace lodo con su saliva y con ese barro le unge los ojos. El ciego siente la humedad del lodo sobre sus párpados y un poco aturdido oye a Cristo que le indica que se lave en la piscina de Siloé. El ciego, fue, se lavó y…. ¡volvió con vista! El Señor nos sorprende a cada paso del Evangelio. ¿No pudo curar, como en otros casos, con su querer en el acto, su palabra o simplemente con su tacto? Pues no, no quiso curarlo así. Dios es imprevisible. Y ahora querida amiga, querido amigo, extrapolemos los actos del Autor del milagro a otro personaje de la historia humana que nos parezca muy importante, incluso pongámonos, nosotros mismos en el lugar de Jesús. Ante nosotros está un ciego de nacimiento, escupimos en el suelo, hacemos lodo, ungimos los párpados del ciego y por último le decimos: “Anda, ve al río que pasa por tu pueblo y lávate”. ¿Qué puede ocurrir? Pues ocurre algo patético, el ciego está tan ciego como antes y además con todo el rostro manchado de barro. Qué te voy a contar, amiga mía, amigo mío, seríamos el hazmerreír de la gente y nos veríamos inmersos en una situación tragicómica vergonzante en grado sumo. ¿Conoces a alguien que haya conseguido que un hombre, ciego de nacimiento, vea por primera vez, con nitidez y para siempre?
VII.(Mt 17,24-27) Hasta ahora hemos mantenido la secuencia cronológica en los milagros relatados solo en el Evangelio de San Juan. En el Evangelio Concordado, el milagro que ahora analizamos mantiene el orden cronológico aunque, este milagro, solo lo describa San Mateo. Nunca lo he visto suficientemente comentado en los libros que se han publicado sobre la vida de Jesucristo, sin embargo este hecho sorprende a este ingeniero que suscribe, acostumbrado al ejercicio de la lógica como herramienta fundamental para el buen hacer de su trabajo técnico. El trato y relación humana con las personas que hasta ahora he tenido ocasión de conocer, siempre se ha establecido sobre la base del sentido común. Normalmente, un técnico pasa de conversaciones imaginarias, mantiene una respetuosa distancia de la dudosa fiabilidad de los sentimientos que no vengan acreditados por una verdadera amistad. El pragmatismo, en una medida razonable, es una herramienta más con la que interpreta los acontecimientos que le salen al paso en el ejercicio de su trabajo. A la vista de lo que ahora se lee: (Mt 17,26-27 ) “Luego exentos están los hijos. Mas para que no los escandalicemos, vete al mar y echa el anzuelo, y al primer pez que saques, tómalo, y abriéndole la boca, hallarás un estater; tómalo y entrégalo a ellos por mí y por ti.” Del apartado del Evangelio al que hemos hecho referencia, me quedo con el versículo que has leído. Es un coloquio entre Pedro y Jesús sobre el pago de impuestos. Un Hombre le dice a otro hombre que vaya al mar y se ponga a pescar y, sin pestañear, le comunica que al primer pez que saque le abra la boca y allí encontrará una moneda cuyo valor es suficiente para pagar el tributo que exige el estado. Amiga mía, amigo mío, ¿has leído lo mismo que yo he leído? ¿Qué conclusiones sacas? Te diré las mías: A) No hay hombre alguno al que yo le de crédito en semejante mandato. B) Jamás se me ocurriría hacerle caso, porque no le atribuyo a ningún ser humano conocimiento sobrenatural como el que de aquí se trata. C) Como se puede deducir, el hecho mencionado se consumó tal cual lo hemos leído y en consecuencia se me ocurren estas preguntas: 1ª) ¿Por qué sabía que en el mar había un pez que llevaba en su boca una moneda? 2ª) ¿Por qué sabía el valor de la moneda? 3ª) ¿Por qué sabía que el pez estaba en determinado sitio del mar? 4ª) ¿Por qué sabía que junto a este pez habían otros peces? 5ª) ¿Por qué sabía la hora oportuna para lanzar el anzuelo al mar? 6ª) ¿Por qué sabía que este pez, el que llevaba la moneda en su boca, sería el primero en morder el anzuelo sin expulsar la moneda? 7ª) ¿Por qué Pedro, un experto pescador, obedeció, sin la más mínima duda, al mandato de Jesús? 8ª) ¿Quién era este Hombre para Pedro? 9ª) ¿Quién es este Hombre para mí? 10ª) ¿Quién es este Hombre para ti, amiga mía, amigo mío? ¿Conoces a alguien que se atribuya y lo demuestre semejante conocimiento sobrenatural?
VIII.(Jn 11,1-16) Ahora nos encontramos de lleno con la enfermedad y la muerte. En el Evangelio Concordado, antes de llegar a este trágico suceso, de la muerte de un amigo, del amigo Lázaro, conocimos el fallecimiento de un joven, el hijo de la viuda de Naím, y de una niña, la hija de Jairo. Acababan de morir, el alma ya había salido de sus cuerpos, se certificó su defunción, desenlace final de una enfermedad humanamente incurable. Asombrados, vimos con qué sencillez, Jesucristo, les devuelve la vida y hace que sus espíritus vuelvan del lugar donde estaban para animar de nuevo estos cuerpos que además quedaron sanos de su enfermedad. Aconsejo que se lea el artículo MORIR Y RESUCITAR DOS VECES. A Cristo le llega el mensaje de la gravísima enfermedad de su amigo Lázaro y sin embargo deja volver al mensajero sabiendo que ese mal de su amigo le haría morir en breve. ¿Por qué Cristo no actuó de inmediato como en otras ocasiones? Esta pregunta se responde a la vista de estas palabras: (Jn 11,4) Oído esto, Jesús dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios. El Señor sabía que su amigo iba a morir y a su vez nos hace saber que el último fin de esa terrible enfermedad no sería la muerte definitiva de este hombre, sino la gloria del Hijo de Dios, su gloria. Conocía con anticipación los hechos que se consumarían tal cual El, a priori, ya había dispuesto. Antes de que se inicie el drama, ya conoce su desarrollo y su final. ¿Quién es este Hombre? Cristo buscaba la Fe de sus discípulos y la de todos los judíos que fueron testigos de la resurrección de un cadáver podrido, busca, con vehemencia, tu Fe y la mía. Atónitos, seguimos la lectura de este suceso y la verdad que, metidos dentro del relato, no se puede evitar el estremecimiento que producen las lágrimas de Marta, las lágrimas de María ¡y las lágrimas de Jesús! Si Cristo ya lo sabía ¿Por qué llora? En este drama, la humanidad de Cristo y su divinidad son más patentes que en ningún otro pasaje de los Evangelios. La pormenorizada descripción que San Juan, el 4º hombre, hace de estos hechos, realmente históricos, me sumergen en el tiempo que desando para ser un testigo más y sentir cómo mi médula espinal se eriza al oír el grito de Cristo: “¡¡Lázaro, ven afuera!! He clavado mis dilatadas pupilas en la entrada de la tumba, he olido el hedor de los muertos y visto el cuerpo de un cadáver, cuatro días enterrado y envuelto en vendas, ¡¡¡que se movía!!! He oído el grito de las hermanas de Lázaro, el grito de la gente y me he estremecido y apretando los dientes no he podido evitar las lágrimas en mis ojos y una sensación que no se explicar. Tengo como agrietada el alma y con un espíritu de adoración me siento en presencia de mi Dios y este mi Dios es un Hombre como yo, que me ha removido, al que acabo de ver llorar y sin embargo me he tirado a sus pies benditos para comérmelos a besos y sin respeto humano escribo lo que creo y lo que amo, escribo a mi Dios con la esperanza de que acepte mi adoración en amor: “Señor mío y Dios mío”. Y ahora amiga mía, amigo mío, te vuelvo a preguntar: ¿Conoces a alguien que haya resucitado a un muerto ya podrido?
IX. (Mt 26,26-29);(Mc 14,22-25);(Lc 22,19-20);(1 Cor 11,23-26) Por fin llego al último y más transcendental milagro, el milagro de la Misericordia, que se va a consumar en la noche más entrañable que Jesús pasó en este mundo. Ha llegado la hora de Cristo y en una conversación, a veces entrecortada por la emoción, les descubrirá a sus íntimos las luces de su divinidad, les hablará del Padre como nunca les habló con tanta precisión. Somos testigos de la Última Cena y en ella se dio un milagro que se repite ahora en todos los lugares del mundo desde donde sale el sol hasta el ocaso. ¿De qué milagro se trata? Pues del milagro que lleva por nombre Transubstanciación, un hecho inexplicable para los sentidos del ser humano y que sin embargo resulta ser una verdad tan real como nuestra propia evidencia. En determinado momento de la Cena, tomando pan y vino, dijo Jesucristo: “Tomad, comed: éste es mi cuerpo, que por vosotros es entregado; haced esto en memoria de mí.” “Bebed de él todos, porque ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que por vosotros y por muchos es derramada, para remisión de los pecados. Haced esto, cuantas veces bebiereis, en memoria de mí.” He aquí el milagro más importante de Jesucristo antes de morir, de salir de este mundo. Los demás milagros, hechos portentosos, que suspendieron las leyes de la naturaleza, fueron notoriamente captados por nuestros sentidos, no había lugar a dudas, son hechos meridianamente reales que nos llenaron de estupor. Pero ahora mi capacidad de razonar y mi discernimiento, sobre lo que Cristo me dice que es una cosa y sobre lo que mis sentidos me exhiben manifiestamente sobre esa cosa, se pone a prueba. Todavía me siento impresionado con los hechos, sumamente dramáticos, que se me han dado a conocer por este 4º hombre, que ahora, identifico con el discípulo a quien tanto amaba Jesús, con San Juan Evangelista. Todavía percibo el eco de este “Señor mío y Dios mío” que me salió del alma al ser testigo del desenlace final de la resurrección de Lázaro. Es el mismo Hombre, Jesús, que convirtió 600 litros de agua en 600 litros de vino. Este Hombre es el que me está dando un trozo de pan, que previamente ha bendecido, y me está invitando a que lo coma pero con una afirmación que pone a prueba mi Fe y mi razón: “Toma, come, porque esto que te doy es mi Cuerpo que por ti es entregado”. “Toma, bebe, porque esto que te doy es mi Sangre que será derramada para remisión de tus pecados”. El infinito crédito que me merece la Persona que me está hablando me lleva a la conclusión de que para que estas palabras sean verídicas y creíbles se ha debido de materializar un milagro, un hecho inaudito, que sin embargo no he percibido con los sentidos. El pan y el vino que como tales he gustado, según me confirma mi Señor, avalándolo con su divinidad, son su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Me acabo de comer y beber a mi propio Dios, así como suena. Sin embargo, esto de comerme y beberme a mi Dios me resulta una frase hecha que no la siento. En la Consagración se consuma un milagro en virtud del cual una cosa se convierte en una Persona con naturaleza humana y con naturaleza divina. Un trocito de pan y un poquito de vino se transforman en la Persona de Cristo. Este es el Misterio de nuestra Fe, proclama el sacerdote que ha consagrado. Para un espectador, no creyente, después de la Consagración, allí sigue estando solamente un trocito de pan con sabor a pan y un poquito de vino con sabor a vino. Si el espectador preguntara, al fiel que asiste al Sacrificio de la Misa: ¿Tú que ves? ¿Qué has gustado cuando has comulgado? El católico le contestará: Veo a mi Dios y he gustado a mi Dios. Sin Fe, el espectador abandonaría el templo circunspecto y pensativo, no ha percibido semejante sensación. Un misterio descubierto ya no es un misterio. Lo que nos ocupa es un Misterio pero no un disparate, una absurda incoherencia. El católico, al asumir estas palabras de Cristo no las razona según la lógica humana, como razona todas las demás cosas, sabe que Cristo ni se engaña ni lo engaña. Lo que dice su Señor lo cree sin ninguna duda pero su humana razón no es capaz de hacer comprensible la lógica de su Fe a la sola lógica terrenal con la que le interpela el no creyente. Al escuchar las palabras de la Consagración, el católico eleva su discernimiento por encima de sus sentidos corpóreos, busca situarse en el nivel de la razón del Ser que le está invitando a gustar su Carne y su Sangre, este Ser razona a lo divino y por tanto para entenderlo tienes que desprenderte de tu lógica, solamente humana, para adquirir una lógica que juzgue a lo divino, es decir se ha de divinizar la razón. Cristo es Dios y no se equivoca, se equivocan nuestros sentidos que por la Fe son superados. Traspasando la raya de la evidencia sensorial y asumiendo una realidad incuestionable, imposible de apreciar por el intelecto mundano, el acto de consagrar supone, de facto, la Transubstanciación, es decir, la desaparición de las sustancias, aunque permanezcan los accidentes, que definen al pan y al vino para ser la Carne, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo, en definitiva para ser, lo que concibo como lo más sagrado de mi alma, mi Dios Fontal en el que me muevo y existo. Para mí y para ti, amiga mía, amigo mío, quizás, hoy, este Misterio sea menos Misterio. Para la Virgen María, el acto de comulgar a su Hijo y a su Dios no era ningún misterio, era una delicia sobrenatural, un adelanto del Paraíso que la esperaba para coronarla Reina de todo lo creado.
Jn 16,28 Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.
Otra vez sale a colación el Padre, un Padre que no está en este mundo, un Ser espiritual que no se le conoce el rostro sino es mirando al rostro de su Hijo, hecho Hombre, que dice: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Cristo se dispone a salir de este mundo para volver a su lugar de origen, pero su lugar de origen no es un lugar, es una Persona y esta Persona es su Padre con el cual dice ser una sola cosa.
Jn 17,1 Estas cosas habló Jesús, y alzando sus ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti;
Jesús está conmovido, hace una pequeña pausa, alza sus bellísimos ojos al cielo y vuelve a interpelar a su Padre. La hora se ha cumplido y este bendito Hijo, enternecido, va hacia su glorificación y en consecuencia, la glorificación de su Padre, un Padre que siente y padece a lo divino, de la forma que tú y yo no entendemos ahora.
Jn 17,2 según que le diste el señorío sobre toda carne, para que a todos los que les has dado, a éstos dé vida eterna.
Jesús es el Señor de todo, pero aquí hace mención específica de su señorío sobre toda carne, es decir, sobre todo hombre y mujer posibles en el tiempo. En su mano lleva la vida eterna, la que va a transmitir a todos los hermanos que le vienen dados de la mano de su Padre, un Padre que para que esto sea una gloriosa realidad tendrá que pagar un precio costosísimo, infinito, tendrá que pagar con la vida de su Predilecto, de su Hijo Jesucristo.
Jn 17,3 Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el solo Dios verdadero, y a quien enviaste Jesucristo.
¡Cuantas veces me he preguntado qué es la vida eterna! Pues, esto es la vida eterna, conocer a mi Padre porque he conocido a su Hijo, porque he conocido a mi Señor. ¿Qué cosa más importante le puedo suplicar a mi Señor que el mismo amor con el que El ama a su Padre? Cristo ha venido al mundo enviado por su Padre. Ha cumplido su misión y hoy, a dos mil años vista, este ingeniero que suscribe se reconoce hijo de su mismo Padre. Por encima de cualquier dádiva que del cielo pueda recibir considero esta filiación divina como lo más sagrado y glorioso que se me ha concedido. Tener conciencia plena de tu Paternidad, Padre mío, es el beneficio divino que mayor gloria me viene dada de la mano del Amado mío que también es el Amado Tuyo, un Hombre y un Dios en el quien soy quien soy porque así lo quiere, este Hijo de tus entrañas a quien adoro en amor, en eterna gratitud porque te me ha dado a conocer y en este conocimiento fundamento mi último destino que no es otro, Padre mío, que llegar al final de mis días con la ofrenda de mi persona, esta que abandono en tus benditas manos para siempre.
Jn 17,4 Yo te glorifiqué sobre la tierra, consumando la obra que Tú me has encomendado hacer;
El Mesías ha consumado su obra, la que su Padre le había encomendado y con esto lo ha glorificado, ahora ha de pagar el precio de esa obra y el precio es su vida. Ya casi se oyen las pisadas de sus verdugos y al frente de ellos camina Judas, un hombre que más le hubiera no haber nacido.
Jn 17,5 y ahora glorifícame tú, Padre, cabe Ti mismo con la gloria que cabe Ti Yo tenía antes que el mundo fuese.
Otra vez el nombre del Padre Dios en la boca de su Hijo, Jesucristo, un Hombre al que podíamos ver, oír y tocar, un Hombre ¡que está hablando con el Dios sin principio ni fin, en el que todo se mueve y existe, que todo lo ha creado!, ¡con su Padre! Este Hombre, Jesús, le pide a su Padre que lo glorifique dentro de ese “Yo soy el que soy” que solo Dios puede articular con propiedad absoluta, pero además este Hombre está asegurando existir en estado glorificado antes del que el mundo viniera a ser, un estado que ahora le requiere con todo el Amor que este Padre se merece. ¿Cómo puede entenderse esto si el Hombre que habla no es Dios? Y si es Dios ¿a quién ajusticiaron los judíos?, ¿qué colosal y bárbara locura cometió este pueblo?
Jn 17,9 Por ellos Yo ruego: no por el mundo ruego, sino por aquellos que me has encomendado, pues Tuyos son;
Este Dios Hijo, ruega por nosotros y no ruega por el mundo, un mundo que precisamente ha creado El. Cristo ruega por aquellos que son de su Padre y no ruega por aquellos que no son de su Padre. Y ¿quienes son de su Padre? Son de su Padre aquellos que han guardado su palabra, que han creído en su Hijo, este Hijo que ahora está rezando a su Padre en voz alta para que lo oigan sus discípulos, para que lo oigamos tú y yo.
Jn 17,10 y mis cosas todas Tuyas son, y las Tuyas mías; y he sido glorificado en ellos.
He interpretado que soy propiedad absoluta de un Padre que envía a su Hijo a la muerte, precisamente para que yo me lo apropie como Padre mío. Soy de este Padre, pero también soy de este Hijo que me asegura que soy de El como lo soy de su Padre, un Padre Dios que glorifica a su Hijo Dios en mí.
Jn 17,11 Y desde ahora no estoy en el mundo, y éstos quedan en el mundo y Yo voy a ti. Padre Santo, guárdalos en tu nombre, estos que Tú me has dado, para que sean uno como nosotros.
Cristo se nos va, amiga mía, amigo mío, y tú y yo quedamos aquí, en este mundo, en este por el que Jesús no ha rogado pero que sin embargo lo vivimos guardados de todo mal, guardados en el nombre del Padre para que se consume algo que no se explicar, algo que ya se sale de mi pequeña razón, ser contigo, conmigo, con los tuyos y con los míos y con todos los hijos de la Iglesia Católica, una sola cosa con este Padre y con este Hijo, ser uno con un indiviso y singular Espíritu que diviniza nuestro yo.
Jn 17,23 Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad: para que conozca el mundo que Tú me enviaste y le amaste a ellos como me amaste a mí.
Cristo en mí, y en Cristo y por Cristo yo en Él y en mi Padre Dios, como está mi Señor, consumados en una sola cosa porque el Amor con el que el Padre ama a su Hijo, este Amor que es Persona, diferente al Padre y al Hijo, me ama a mí tal y como ama a mi Señor.
Jn 17,24 Padre, los que me has dado, quiero que, donde estoy Yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo.
Cristo mío, Jesús de mi alma, tanto me has hablado de tu Padre que has consumado lo que te trajo a este mundo, hacer posible que en Ti yo le ame con el mismo amor con el que Tú le amas. Cuando invoco a mi Padre, estoy invocando al mismo Padre al que este Hombre ha estado rezando para que yo al fin sea de El y de este Hijo que tanto le he costado. Para Dios el querer y el poder es lo mismo, de suerte para mí que, si el Dios Hombre me quiere con El donde El está allí estoy yo desde ya mismo, con este cuerpo de un hombre de 64 años y un alma inmortal que esperará al final de los tiempos al cuerpo resucitado para ser persona completa que contemple la infinita gloria del Dios que se hizo un Hombre como yo menos en el pecado. Así lo quiere Cristo para mí y así se lo concederá su Padre y mi Padre porque nos amó a los dos antes de la creación del mundo.
Jn 17,25 Padre Justo; y el mundo no te conoció. Mas Yo te conocí; y éstos también conocieron que Tú me enviaste.
Lo dice tu Hijo el Predilecto y lo dice este hijo Tuyo de hoy. El mundo no te conoció y desgraciadamente tampoco te conoce ahora, y ya ves, el mundo se parará cuando Tú lo dispongas. Cristo te dio a conocer, Cristo te da a conocer, Cristo te dará conocer y en El y por El se nos ha dado la incalculable gracia de conocerte y en virtud de este conocerte, amarte hasta la adoración, Padre mío. Al escribir esto, escribo lo que creo, porque si no fuera así me estaría engañando a mí mismo. Yo creo, Padre mío, creo en Ti y en tu bendito Hijo, tu Verbo eterno, al que enviaste al mundo para que hoy otro hijo escriba lo que lees.
Jn 17,26 Y Yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, ¡y Yo en ellos!
Cristo descubrió a su Padre, palmariamente, con claridad meridiana. Solo tenían que mirarle a El para ver al Padre, para ver a Dios. Este es el rostro humano de Dios, el rostro de Cristo. El Amor interminable del Padre, que ni tiene principio ni fin, con el que ama desde la eternidad hasta la eternidad a este Jesús que apreciamos con nuestros sentidos, es una Persona que entendemos como el Espíritu Divino que toma posesión de las almas que creen en Cristo. Este Espíritu está en Dios Padre, está en Dios Hijo, procede del Padre y del Hijo y está y es en nosotros conformando el nuevo yo nacido por la Fe en el Verbo de Dios hecho carne, en Jesucristo, un nuevo ser destinado a compartir la naturaleza divina de un Padre que me ha esperado toda una vida.
Jn 21,25 Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran.
Querida amiga, querido amigo, llegamos al final, así acaba su Evangelio el 4º hombre que te mencioné al principio. Es San Juan Evangelista, el discípulo a quien tanto amaba Jesús. Así acabo yo, que también me atribuyo este orden en la escala de un género humano, cuya gradación la estimé del siguiente modo:
1º.Hombre, Jesucristo, Hijo de Dios, Hijo del hombre.
2º.Hombre, todos aquellos que no le conocen por su cultura y religión.
3º.Hombre, todos los que están al servicio de la Iglesia Católica por vocación y que sostienen los fundamentos del Orbe católico.
4º.Hombre, el ingeniero que suscribe, identificándose con los miles de miles de hombres que no conocen a Cristo adecuadamente, que no practican su Fe, que agotan la vida en tantos quehaceres de este mundo que llegan al final de sus días sin haber amado suficientemente al que les estuvo esperando toda una vida, sin haber bien amado a Jesucristo.
Adiós, amiga mía, adiós, amigo mío, nos vemos y mientras tanto, por favor, quédate con la síntesis de esta reflexión:
“Todo ser humano, con independencia de su raza, creencias o religión, es destinatario de la Misericordia divina, es hijo de Dios, pero solo el hijo que busca a Cristo, que encuentra a Cristo, que cree en Cristo, que ama a Cristo está predestinado a compartir la naturaleza divina de un Padre que le ha esperado toda una vida, que le espera en el Paraíso, un Padre que ya le amó desde antes de la creación del mundo”
Virgen María, Madre mía, pon tú lo que a mí me ha faltado
